
©Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March
Lugar: Fundación Juan March (Madrid)
Formato: Ópera de cámara
Compositor: João Guliherme Ripper
Dirección musical: Borja Mariño, Dirección de escena: Nicola Beller Carbone
Intérpretes: Ana Quintans (soprano), Borja Mariño (piano), Irene Martinez Navarro (Clarinete), Esteban Jiménez (violonchelo)
La Fundación Juan March, en coproducción con el Teatro de la Zarzuela y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá, se vuelca, un año más, en el formato de teatro musical de cámara que tantos éxitos le ha proporcionado en temporadas pasadas. Para abrir esta 2024/2025 ha elegido una ópera iberoamericana: Domitila, con libreto y música del compositor brasileño João Guilherme Ripper.
No es habitual escuchar por estos lares de la península la voz de una soprano cantando en portugués, por lo que la propuesta ya merecería un reconocimiento en cuanto a originalidad y veracidad. Pero el hecho artístico no debe limitarse solo a un mero gesto de empatía. Es evidente que la calidad del libreto, partitura, intérpretes, dirección musical y montaje escénico de Domitila atrapan la atención del público. Y esto es lo reseñable. Es de esas producciones de las que, cuando se encienden las luces de sala, te hacen reflexionar por diversos motivos.

©Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March
El primero, la propia historia basada en hechos reales: la correspondencia (1822-1829) entre Pedro I, emperador de Brasil y su amante, Domitila de Castro, Marquesa de Santos. Un epistolario que sirve de marco para presentar una ópera con las confesiones del emperador en forma de monólogo – puestas en boca de Domitila con mucho de cinismo – a lo largo de catorce escenas que reflejan la dicotomía entre el amor y el deber, entre el ser y el parecer, entre la razón y la locura.
En segundo lugar, la partitura. El compositor brasileño demuestra un profundo equilibrado eclecticismo entre lo tonal y el atonalismo serial. Eso es evidente. Defensor de la melodía pura y sin tapujos, apoyada en una armonía muy en la línea de un Schönberg, Poulenc o Ravel, Ripper consigue momentos repletos de entrega y saudade en Minha filha e amiga, en la preciosa Diga em quantas linhas (clímax tonal de la partitura) o en el aria final, Senhor, eu parto essa madrugada. Y no sólo. Sonidos con aire de jazz, pinceladas cinematográficas, integración de música popular como el choro, (en Ah meu amor…), el lundú en el interludio o el batuqui…conforman el crisol perfecto para adentrarnos musicalmente en esta historia.

©Dolores Iglesias Fernández / Archivo Fundación Juan March
Y qué bonito, quizás lo que más, reflexionar y revisar rápidamente en tu mente lo que has vivido – mientras esbozas una melancólica sonrisa de complicidad levitando sobre la alfombra vintage de la Fundación March que te guía hacia la luz de una mañana luminosa – sobre la calidad de una producción y sus intérpretes. Y es lo que sucede cuando las cosas se hacen bien. Así lo demostró una poliédrica protagonista, todo un agradable descubrimiento. La portuguesa Ana Quintans, con su voz incisiva y melosa, imprimió emoción en las arias – algo que no consiguió en su totalidad en los recitativos – muy adaptas a sus características vocales e interpretativas. Una actuación exigente a la hora de vestir los diferentes roles que explican los renglones de esta historia, esas ataduras que van desde el proceso biológico de la creación al amor sensual, pasando por el títere manejado desde la presión social e histórica, al clero que impone dictar la sentencia del exilio de Domitila y, finalmente, a esa mujer que se aleja de su amante mostrando sumisión y entrega… Cabe destacar la labor de la dirección musical con un Borja Mariño a la cabeza, pianista riguroso, pujante y melancólico que explica de forma clara y sin estridencias el lenguaje del compositor brasileño. Y si a la calidad de Mariño se le une la de dos jóvenes talentos como Irene Martinez Navarro, al clarinete, y Estaban Jimenez, al violonchelo, pues miel sobre hojuelas. Aportan frescura, sonido compacto y momentos de gran belleza. Y, por último, cabe destacar a Nicola Beller Carbone, directora de escena, quien con su montaje escenográfico nos envía mensajes (misivas) como el bosque de cuerdas (vínculos) que simbolizan a aquellos hilos vitales que manejan “nuestros” destinos (los de los amantes son como los nuestros) y que van cayendo como un castillo de naipes, o los pares de diferentes tipos de zapato que recorren esos caminos del destino o la nevera tintineante que pretende enfriar dichas ataduras, pero que acaba abriéndose para dar paso a la libertad.
En resumen. Una obra contemporánea para un público del siglo XXI. Música ecléctica y texto que nos deja preguntas. Un reflejo de nuestras sociedades actuales, de nuestras vidas.
