Juventud, divino tesoro (Ruben Dario, 1905)

May 22, 2025

Una estrella fugaz llamada Mari-Eli

©Foto: Nacho Martín – Círculo de Cámara

Lugar: Círculo de Bellas Artes
Formato: Música de cámara
Programa: Obras de Bach, Schubert, Schumann y Mendelssohn
Intérpretes: Arielle Beck (piano)
Fecha: 18 de mayo de 2025.

Por: Alessandro Pierozzi. @AbramosVentanas @pierozzialessandro

 

Unos días después de la presentación de la que será la VIIª temporada 2025-2026 del Círculo de Cámara, bajo el sugerente título de «Música para un centenario», se presentaba por primera vez ante el público madrileño una precoz artista: Arielle Beck, pianista francesa de 16 años. La larga fila creada para ocupar las localidades y los corrillos que comentaban, con esa mezcla de expectación y sorpresa, de cómo una joven mademoiselle afrontaría un programa de los más exigentes –Bach, Schubert, Schumann y Mendelssohn–, premonizaba que algo especial se iba a vivir en una tarde, por fin, primaveral en Madrid. Son de esos casos que te hacen pensar si es que «ha nacido para esto…» o «quizás no sea para tanto, ¿no?» o «qué barbaridad…debe estudiar 20 horas diarias, sin pensar en otra cosa que no sea sentarse ante el teclado» o «¿y los estudios del colegio, sus amigos?» o «Juventud, divino tesoro», recordando el poema de Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío. Mil y una ideas que seguramente a cada uno de los asistentes se nos acumularon internamente a la espera de ver aparecer a la intérprete desde un lado del escenario con paso firme, concentración y una seriedad cuasi mística.

Y así fue su concierto. Un concierto del siglo XXI para músicas sin siglo, «eternas». Sin titubeos, muy personal en su concepción, sin pausa –estaba anunciado un descanso–, respetuoso y minucioso en el análisis de las partituras para explicarnos el verdadero mensaje de estas y enraizado en el más puro estilo de la escuela centroeuropea.

Una estrella fugaz llamada Mari-Eli

©Foto: Nacho Martín – Círculo de Cámara

Inmersa entre su enorme melena rizada que pareciese querer esconder una timidez algo huidiza (normal por su juventud), sus manos y su porte delataron de inmediato de que ahí, sentada, había (hay) un talento innato. Atacó la Segunda Suite inglesa de Bach con determinación, seguridad en los adornos barrocos (Zarabanda), claridad en las voces de las fugas logrando que el contrapunto y las armonías sonaran precisas y preciosas. La Sonata nº 14 D 784 de Schubert pertenece a un periodo en el que el compositor se citara con su irremediable enfermedad que regiría sus destinos hasta su precoz desaparición. Permítanme el inciso, pero Franz Schubert es de esos músicos que, si la muerte no hubiera llamado a su puerta de una forma tan contundente, hubiera sido quizás el más grande entre los grandes. La obra presenta las dificultades de las sonatas del compositor austriaco: intimismo de unas melodías únicas, contraste con las partes rítmicas tan personales, ejemplos del tránsito nostálgico entre el aquí (el ahora) y el más allá (el mañana), entre la luz (la esperanza) y la opacidad de una enfermedad que le consumía (el adiós). Una exigencia técnica nada desdeñable y unas sonoridades con gran control de digitación y pedal, dirigidas a la búsqueda de unos matices que, aunque no conseguidos totalmente por la pianista francesa –ahí es donde se le vieron un poco las costuras de que aún le falta poso en ciertos momentos (algo totalmente lógico y perdonable), ese agarrarse al piano como una lapa para que el ataque y el peso del toque busquen el último aliento de la cuerda– mostraron que, en la trastienda, el trabajo de Arielle Beck es tremendo y excepcional.

Una estrella fugaz llamada Mari-Eli

©Foto: Nacho Martín – Círculo de Cámara

La velada seguía in crescendo. Como si hubiese programado la hoja de ruta para llegar con éxito a destino, se lanzó a por otro hueso duro: la Sonata nº 1 de Schumann. Desde el Allegro inicial se entra en una obra que mezcla el intimismo amoroso de la juventud con el arrojo técnico y formal del Schumann más maduro. Mostró intensidad en acordes, agilidad en escalas y saltos y un tempo adecuado a los cambios rítmicos que propone la partitura: desde un fandango a los staccatos finales, pasando por el scherzo intermedio. Los contrastes de pausa y sensibilidad en los pasajes más íntimos –recordemos que es una obra dedicada a Clara Schumann– también fueron un elemento muy destacable.

El punto álgido llegó con las Variaciones serias en re menor de Félix Mendelssohn, obra sorprendente y no demasiado interpretada en directo por su indefinición: de aroma romántico, pero absolutamente inspirada en el barroco de Bach. La joven pianista hizo suya la partitura transcurriendo perfectamente por esos dos planos, por esos dos ambientes formales. A pesar del esfuerzo nada desdeñable realizado hasta ese momento con las obras anteriores, siguió –aún más si cabe– totalmente ensimismada y volcada en el teclado y en la interpretación. Se gustó, buscando subir un grado más a medida que iban avanzando las variaciones, como si no quisiera que nunca se acabaran. Y nos gustó, como si quisiéramos más para que el concierto no se acabara.

 Este tipo de fenómenos siempre los ha habido y «haberlos, haylos». Por ello hay que analizarlos, acompañarlos y admirarlos siempre con la debida prudencia y con los pies (las manos) en la tierra. Una cabeza tan brillante, unas manos prodigiosas, y una personalidad tan joven como madura no debe perderse en su preciosa evolución porque estaríamos recordando entonces a un talento sin igual que se perdió por el camino. Y ejemplos, lamentablemente, hay muchos a lo largo de la historia. Pero por lo mostrado en Madrid, no parece que nada ni nadie vaya a desviarla del camino correcto en su viaje hacia el firmamento de los grandes. Bienvenida al piano del siglo XXI.

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