
Foto: Aitana Sevefors – Círculo de Bellas Artes
Lugar: Círculo de Bellas Artes
Formato: Música de cámara
Programa: Obras de Schubert
Intérpretes: Elisabeth Leonskaja (piano)
Fecha: 13 de octubre de 2024.
Por: Alessandro Pierozzi
Recién entrados en el otoño madrileño, aislarte durante dos horas intensas, puras y verdaderas de gran música en pleno centro de la capital es algo que, creo, no acaba de valorarse lo suficiente (quizás por la inmediatez o la recurrencia en las numerosísimas programaciones), pero que es oro puro para nuestros espíritus ajetreados y, en ocasiones, desnortados.
Eso sucedió en el Teatro Fernando de Rojas del Círculo de Bellas Artes, que te envuelve con la negritud de sus cortinas, escenario, piano…pero que, al mismo tiempo, ayuda a los espectadores a sentirse abrigados de afecto y nostalgia. Esa sensación se magnificó cuando Elisabeth Leonskaja salió para ocupar su espacio, con un andar parsimonioso, una personalidad arrolladora, vestimenta negra (por supuesto), su particular intimidad (bajo dos cenitales templados) y un arte emocional y nostálgico cuyas coordenadas asentó en un programa más que exigente, cumbre de la melancolía, las palabras calladas y el sentimiento peregrino de la vida, claros reflejos de la experiencia personal y artística de Franz Schubert en los últimos meses de su vida.

Foto: Aitana Sevefors – Círculo de Bellas Artes
Atacando sin dilación y con ese impulso tan peculiar que solo la escuela rusa (soviética, en este caso) sabe mostrar, inició Elisabeth Leonskaja (con la Sonata para piano nº 19, D.958) un enorme carrusel de recursos pianísticos nada desdeñables e inagotables a lo largo de su dilatada trayectoria: intensidad, rigor, naturalidad, claridad en ambas manos marcando los temas como si los estuviera cantando, y una extraordinaria capacidad de encontrar los equilibrios entre ritmos y melodías, características diáfanas de la literatura schubertiana. Recursos que activó la artista, residente en Viena, para hacernos partícipes del intimismo de unas melodías únicas, ejemplos del tránsito nostálgico entre el aquí (el ahora) y el más allá (el mañana), entre la luz (la esperanza) como en el Scherzo de la Sonata nº 21, D. 960 o en el Minueto y la Tarantela de la nº 19 y la opacidad de una enfermedad que le consumía (el adiós) como en el Andantino de la Sonata nº 20, D.959 o el Andante sostenuto de la nº 21. Desde la búsqueda de sonoridades –de esas que recorren las cuerdas del piano hasta deshuesarlo y erizarnos la piel–, de la pausa en esas barreras de silencio que coloca el compositor vienés, hasta el manejo de los pedales –que nos retrotraen al Clasicismo–, pasando por el cambio de manos a lo largo de las 88 teclas y el contraste entre la fuerza de acordes y el vuelo de los dedos en las partes más técnicas dejaron sin palabras a la audiencia que fue de menos a más en su comprensión y valoración del concierto.
Elisabeth Leonshaja: una dama en Madrid, una pianista para Schubert.
