Un final arrollador para una noche de contrastes

Ene 29, 2026

Lugar: Auditorio de Tenerife, Sala Sinfónica.
Evento: Concierto del 42º Festival de Música de Canarias.
Artistas: Dirección musical: Karel Mark Chichon. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Cantaora: Estrella Morente
Fecha: 25 de enero de 2026.
Obras: Obras de Falla y Ravel

Autor: Pablo Jerez

© Fiorella Licandro

El doble aniversario de Manuel de Falla y Maurice Ravel ofrecía al Festival Internacional de Música de Canarias una ocasión idónea para reflexionar, desde el escenario, sobre los cruces estéticos y biográficos que marcaron el primer tercio del siglo XX. La Filarmónica de Gran Canaria, como orquesta coanfitriona del certamen, asumió ese reto con un programa ambicioso, centrado en dos lenguajes emparentados por la fascinación por España, pero muy distintos en su forma de abordar el color, el ritmo y la sugestión sonora. Bajo la dirección de Karel Mark Chichon, y con la presencia de Estrella Morente en El sombrero de tres picos, el Auditorio ofreció una velada de contrastes claros y resultados desiguales.

La primera parte, dedicada a Falla, se planteó como un despliegue orquestal de amplio espectro. La Filarmónica de Gran Canaria mostró flexibilidad, empuje y una paleta sonora generosa, con un protagonismo muy marcado de metales y percusión. Sin embargo, esa exuberancia jugó en ocasiones en contra del equilibrio general. Faltó un mayor encuentro en los planos dinámicos más delicados, esos claroscuro tan característicos de la escritura falliana, y la cuerda, pese al esfuerzo evidente, quedó algo corta de presencia en determinados pasajes, diluida en un conjunto rítmicamente endiablado y de gran impacto inmediato

Estrella Morente entró en escena con cierta cautela inicial, acaso dubitativa, pero pronto desplegó su caudal vocal, confirmando una vez más que se trata de una artista extraordinaria. Su timbre, su intuición rítmica y su sentido expresivo aportaron verdad al discurso musical. No obstante, la sensación general fue la de un aprovechamiento insuficiente de una figura de tal envergadura. Apenas seis minutos de intervención resultaron escasos, dejando en parte al público con un sabor agridulce, con la impresión de haber querido escucharla más. No es una crítica a la interpretación, sino a la concepción global: quizá una mezzo de ámbito local hubiera cubierto el papel sin generar esa expectativa truncada.

Chichon supo, en cualquier caso, manejar el pulso rítmico con oficio y eficacia. Su Falla fue directo, efectista y bien armado, más preocupado por el impacto que por la filigrana tímbrica. El resultado funcionó a nivel teatral y mantuvo la tensión, pero dejó la sensación de que la partitura podía haber respirado con mayor sutileza, especialmente en los pasajes donde Falla reinterpreta el folclore desde una modernidad contenida y no desde el puro despliegue sonoro.

La segunda parte del programa cambió radicalmente el signo de la velada y concentró los mejores momentos del concierto. La Rapsodia española de Ravel permitió a la orquesta mostrar su versión más refinada: fraseos exquisitos, planísimos bien trabajados, cuerda límpida y metales sutiles, integrados en un discurso evocador. Aquí sí aparecieron los paisajes sonoros, los ambientes suspendidos, esa sensación de color que no se impone, sino que se insinúa. Fue una lectura llena de matices, que evocaba imágenes casi físicas, como una sucesión de paisajes españoles reflejados en un mar en calma.

La Pavana para una infanta difunta, en cambio, no terminó de alcanzar esa magia evocadora que la convierte en una de las páginas más delicadas de Ravel. La versión fue correcta, sin fisuras técnicas, pero algo plana en lo expresivo. Faltó esa atmósfera de ir y venir sensorial, ese juego de tensiones mínimas que hacen de Ravel un compositor de piel y oído finamente afinados. Aquí predominó un mezzoforte constante que dejó un poso de cierta indiferencia, como si la obra se hubiera dicho sin terminar de susurrarse.

El Bolero fue, sin duda, el gran triunfo de la noche. Desde el inicio, los solistas mostraron plena conciencia del espacio, del tiempo y del carácter casi ritual de la obra. La progresión fue medida, inteligente, sin prisas ni excesos, dejando que el crescendo actuara como un verdadero mantra musical. Los metales estuvieron prodigiosos, el pulso implacable y el tutti final resultó arrollador, desatando una ovación en pie de varios minutos en un auditorio prácticamente lleno. Aquí la orquesta conectó de forma directa con el público y con la esencia física y obsesiva de la partitura.

El programa, sin duda, llamaba al lleno, y la respuesta del público fue acorde. Personalmente, el entusiasmo generalizado no fue compartido en todos los momentos, pero sí queda claro que la Filarmónica de Gran Canaria atraviesa uno de los mejores momentos de su historia reciente. Si hay una orquesta que en la última década ha evolucionado hasta situarse, por derecho propio, entre las cinco mejores de España, esa es la formación grancanaria. Este concierto, con sus luces y sombras, lo confirmó desde la ambición, el oficio y una evidente madurez artística.

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