Un ciclón que vino de Granada

Ene 14, 2025

La Sylphide: entre lo terrenal y lo etéreo

Foto: Pablo Jerez Sabater

Lugar: Auditorio de Tenerife
Evento: Concierto inaugural de la 41 edición del Festival de Música de Tenerife
Compositores: J. Montgomery, Korngold y Prokofiev
Artistas: Marin Alsop (directora), María Dueñas (solista), Philarmonia Orchestra de Londres
Fecha: 11 de enero de 2025

Autor: Pablo Jerez 

Créanme cuando les digo que el ambiente de la previa del concierto inaugural del 41º Festival de Música de Canarias era el de las grandes ocasiones. Y nadie se equivocó. Un Auditorio de Tenerife prácticamente lleno esperaba a dos de las artistas más solicitadas del panorama internacional: la neoyorkina Marin Alsop (1956) y la granadina María Dueñas (2002).

La Philarmonia de Londres es una orquesta compacta, robusta, de sonido perlado en las cuerdas y brillante en los metales. Esto se pudo constatar en la primera obra, la suite para orquesta de cuerdas ‘Strum’, de la norteamericana Jessie Montgomery (1981). La obra, concebida inicialmente para quinteto de cuerdas, recuerda a ritmos y sonidos propios del folklore americano. Pieza muy rítmica y sincopada, con algunos pasajes que a mí personalmente me llevaron al universo de Bernard Herrmann y que la sección de cuerda resolvió con brillantez. Alsop la dirigió con gesto preciso y contenido. Un estreno insular muy tonal para arrancar en Tenerife el Festival de Música de Canarias.

El plato fuerte llegó cuando María Dueñas salió por la puerta lateral que da acceso al escenario. Los aplausos no dejaban duda de la expectación que crea la joven estrella del violín y de su interpretación del concierto de Korngold (1897-1957), que fue, sencillamente, extraordinario. La violinista escogió para esta ocasión su Gagliano (ca. 1750), que tiene un sonido envolvente, cálido y brillante a la vez, ideal para una obra exigente en lo técnico, pero de un lirismo arrebatador. Me llama la atención que sea la primera vez que Alsop y Dueñas colaboran, porque fue tal la comunión entre ambas -miradas, gestos, acompañamiento- que parecía una relación frecuente. La joven se come el escenario. Es hipnótica en cuando a sus movimientos. Además, consiguió algo que pocos han logrado: enmudecer a la sección de ‘tosedores’ oficial que habita el Auditorio los días de concierto durante la cadencia del primer movimiento. Pero si la violinista fue un despliegue de lirismo y virtuosismo, no se quedó atrás el acompañamiento orquestal. Alsop es una directora que controla a la perfección el repertorio del siglo XX y las dinámicas y precisiones rítmicas que necesita este concierto. No entiendo por qué no se programa más este concierto para violín de Korngold. Lo tiene todo. La primera parte acabó, tras tres salidas al escenario motivadas por los aplausos, con una propina de María Dueñas, un ciclón que vino de Granada.

Foto de Kazuo ota en Unsplash

Foto: Pablo Jerez Sabater

La segunda parte correspondió a una selección del ballet ‘Romeo y Julieta’ de Prokofiev (1891-1953). Marin Alsop dirigió la obra sin partitura, conocedora de la misma además desde la raíz, controlando perfectamente a una orquesta que respondió a la perfección a su dirección: gestual, pero sin aspavientos. Alsop tiene querencia por el repertorio del siglo pasado y eso lo demuestra en su repertorio más habitual. Entiende a la perfección la intencionalidad rítmica y sonora del autor ruso-soviético. No solamente en la archiconocida Montescos y Capuletos, sino, por ejemplo en la Danza matutina (¡qué trompas! ¡qué trompetas!) o en Fray Lorenzo, donde la sección de cuerdas volvió a demostrar su sonido perlado y compacto. La simbiosis de la orquesta con la directora fue total. Misma sensación tuve en Aubade o en Romeo en la tumba de Julieta. En resumen, una versión de alto vuelo, brillante, rítmica y rotunda.

Finalmente, y como propinas, la Philarmonia tocó una pieza de Elgar –The wild bears– y la archiconocida Danza húngara nº 5 de Brahms, obra que enloqueció al personal y que Alsop dirigió como si de la Marcha Radetzky se tratara controlando las palmas del público asistente, elemento que fue agradecido en forma de ovación y que, bajo mi punto de vista, fue totalmente innecesario y fuera de lugar.

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