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Foto: Puccini junto al piano Steinway&Sons en el que compuso Turandot (Archivio Puccini Museum Lucca)

Toda la lírica internacional parece querer sumarse a la celebración del centenario de la muerte de Giacomo Puccini (1858-1924), el último gran creador italiano capaz de inmortalizar en formato ópera los sentimientos y emociones más terrenales y humanas. Pero, de la inmensa legión de seguidores puccinianos, son pocos los que recalan en el universo de sus composiciones meramente instrumentales traspasando la muralla construida por la inmensidad artística de sus icónicos títulos operísticos como Tosca, Madama Butterfly, La Bohème, Turandot… Este “otro” e inusual repertorio pucciniano está arrinconado por el repetitivo y tradicional canon de música instrumental que monopoliza la mayoría de las programaciones en orquestas de todo el mundo, empeñadas en confinar su creatividad artística entre los sólidos barrotes del repertorio de siempre.

A poco que indaguemos con cierto de interés en el catálogo de obras de Puccini, nos encontraremos con preludios sinfónicos, un capricho sinfónico, canciones para canto y piano, obras pianísticas menores, páginas dedicadas a cuarteto de cuerdas o, incluso, una Misa de Gloria. Obras interesantes que, en más de una ocasión, el melómano ávido puede asociarlas con algún que otro pasaje operístico ya que muchas de ellas sirvieron como terreno de prueba o ensayo para creaciones de mayor envergadura. En esta línea de pequeñas grandes obras maestras encontramos Crisantemi para cuarteto de cuerdas, la composición de Puccini que más se programa fuera del repertorio operístico, tanto en la versión original para cuarteto de cuerdas como en la versión posterior para orquesta.

Los crisantemos son las flores utilizadas por excelencia en Italia para embellecer los arreglos florales destinados a los difuntos. No obstante, esta flor posee profundas raíces en diversas culturas asiáticas donde carece de cualquier connotación funeraria. En China, por ejemplo, se erige como una de las cuatro flores del Junzi, muy representadas en el arte pictórico junto al ciruelo chino, la orquídea y el bambú, personificando la esencia del otoño. En el caso de Japón, el crisantemo emerge como el símbolo del Sol y es la flor nacional.

Pero el Crisantemi de Puccini es una pequeña pieza escrita a golpe de impulso en una sola noche, a modo de elegía, tras la fuerte impresión que causó en Puccini la noticia del fallecimiento de Amadeo de Saboya en 1890. Tres años después, Puccini retoma el material de Crisantemi en el acto III de Manon Lescaut (1893) para acompañar la trágica escena de la muerte de la protagonista. Ahora bien, al escuchar la obra surge el siguiente interrogante: ¿Cuál era la conexión real entre Giacomo Puccini y Amadeo de Saboya como para desencadenar con tanto ímpetu la creatividad del compositor?

Al parecer, la relación entre Amadeo de Saboya y Giacomo Puccini no fue nunca fruto de un encuentro personal ni epistolar. Más bien, Puccini estaba al tanto de los avatares de Amadeo, pero simplemente como uno más de los llamativos personajes públicos de la época por ser hijo de Vittorio Emanuele II, el “Padre de la Patria” italiana. En 1890, Puccini empezaba a despuntar en Milán, pero aún no había alcanzado la renombrada fama mundial que le conocemos hoy en día. Amadeo era trece años mayor que él y quizá, Puccini, lo admirase por la valentía con la que se enfrentó en asuntos de guerra en la batalla de Custoza, su obediencia y abnegación al aceptar ser rey de España a pesar de no desearlo, su trato afable y popular para con las gentes y el gusto descomedido que compartían por el género femenino. Con estos datos, me aventuro a trazar un símil entre la presunta relación que pudo haber entre ambos personajes. Imagino que la conexión debió ser algo parecido a lo que experimentaría un joven compositor de 32 años que, en 2009, tras conocer la muerte de Michael Jackson, sintiera la necesidad imperiosa de componer una sentida pieza en su honor. Extrapolando el caso, Crisantemi pudo surgir fruto de una circunstancia similar, y creo no equivocarme al sugerir que la empatía por el personaje fue, simplemente, la fuente motivadora detrás del acto creativo del compositor.

Para poder esbozarnos una imagen más o menos precisa del personaje sobre el que recae la dedicatoria de la obra, podemos recurrir a la descripción que de él hizo el Conde de Romanones, según se detalla en el libro “España busca rey” de Bahamonde Magro (1996):

“De frente espaciosa y algo prominente, encuadrada por rizada cabellera; los ojos negros, de mirar inexpresivo; gruesos labios, recia y blanca la dentadura, la barba cerrada, disimulando el prognatismo de los Habsburgo… En lo moral, no ofrecía rasgo alguno sobresaliente, salvo su valor personal bien probado, exento de ambición, ferviente católico, habiendo heredado de su padre una inclinación apasionada por las hijas de Eva”.

Amadeo de Saboya (Turín, 1845- Turín, 1890), duque de Aosta, ostentaba el segundo puesto en la descendencia de Vittorio Emanuele II y María Adelaida de Austria. Por tanto, Amadeo no estaba destinado a reinar Italia según las líneas sucesorias y, mucho menos, un país extranjero. Pero, las circunstancias dadas en España tras la revolución de 1868 que produjeron la salida de Isabel II, y dado que las Cortes españolas a través de la Constitución de 1869 establecieron como forma de gobierno la monarquía constitucional, los españoles se vieron necesitados de elegir en votación parlamentaria en noviembre de 1870 a Amadeo de Saboya como Amadeo I de España y acabar, de esta forma, con la regencia del reino de Francisco Serrano.

Comenzaba, así, un reinado infructuoso y sin apoyos que no sobrevivió a los numerosos problemas a los que se enfrentaba y que acabaron descorazonando al joven rey. Las palabras del historiador Domínguez Ortiz (2001) nos ayudan a entender el contexto del reino aceptado:

“los católicos rehusaban todo contacto con el hijo del rey piamontés, que había despojado de sus dominios al Papa. Los carlistas se preparaban para una nueva guerra y en Cuba surgía el separatismo armado”.

Las luchas políticas le llevaron a ser víctima de un atentado cuando el 10 de julio de 1872 sufre un ataque junto a su esposa María Victoria en la calle Arenal. Inexplicablemente, no resultaron heridos, pero es posible que este hecho sopesara en su decisión de abdicar al trono el 11 de febrero de 1873 poniendo fin a un reinado de poco más de dos años y dando paso a la Primera República Española. En Resumidas cuentas, Amadeo de Saboya se vio envuelto en la vorágine política de un país extranjero que comenzó con un destronamiento, el de Isabel II, y concluyó con la entronización del hijo de la destronada, Alfonso XII.

Foto: Archivio Puccini Museum Lucca

Tras su experiencia en España, establece su residencia en su natal Turín y nunca más se dedicó a temas políticos. Su mujer, María Victoria, con la que tuvo tres hijos, fallece en 1876 a los veintinueve años. Y tras un periodo de viudedad, contrajo segundas nupcias con su sobrina María Leticia Bonaparte en 1888. Pasó sus últimos años como inspector del ejercito visitando cuarteles y caballerizas por toda la geografía italiana proyectando la imagen de un príncipe romántico, melancólico y triste. Falleció a los 45 años el 18 de enero de 1890, a causa de las complicaciones derivadas de una neumonía.

De hecho, la expresión romántica, triste y melancólica que irradiaba Amadeo eran un reflejo de las emociones profundamente arraigadas en la naturaleza íntima de Puccini. Este matiz emocional podría haber estrechado, aún más, el vínculo de empatía por el personaje. Pero, de cualquier forma, podemos disfrutar de una música maravillosamente trazada en poco más de seis minutos de duración.

La tonalidad de Do # menor que impregna la obra otorga una pátina afligida y emotiva. La indicación Mesto al principio de la partitura y acompaña a la de Andante lo que nos predispone a una atmósfera triste y de cierta melancolía, presagio que se cumple conforme nos vamos adentrando en el mundo sonoro de la obra. Su estructura formal corresponde a una forma ternaria y la textura es de melodía acompañada donde el primer violín lleva la iniciativa melódica, como marcan los cánones tradicionales del cuarteto de cuerdas, mientras que el resto de los instrumentos nutren ricamente el acompañamiento con ciertos elementos que denotan el genio del autor como el uso de síncopas para contrarrestar el estatismo que pueda crear la melodía principal o el empleo de imitaciones motívicas.

Como en las páginas de sus óperas, también aparecen en la partitura multitud y continuas indicaciones de dinámica y agógica: dolce, rallentando, ritenuto, un poco affrettando, allargando, trattenuto, con molta espressione, molto espressivo, etc. Tantas indicaciones y tan de seguido hacen que el resultado sea una música llena de pasión, muy rubateada y claro exponente del sentimentalismo pucciniano, tan criticado por unos y fervorosamente amado por otros. La partitura se cierra con una parada sobre el silencio lo que agudiza el regusto grave y reflexivo que ha de dejar en el paladar la escucha de esta obra.

Aunque, por lo general, en la obra de Puccini se respira cierta influencia del impresionismo francés y encontramos sonoridades que pueden evocar a Debussy, Crisantemi tiene más bien tintes wagnerianos y se aproxima más a la atmosfera del romanticismo tardío. En concreto, es una obra que recuerda el ambiente presente en el Idilio de Sigfrido.

La obra fue estrenada con gran éxito apenas una semana después del fallecimiento de Amadeo de Saboya, el 26 de enero de 1890, en el Conservatorio de Milán. Interpretada por el cuarteto Campanari, la obra cautivó al público de tal manera que tuvo que ser bisada en el mismo concierto. Solo un genio es capaz de condensar y expresar tanto en un lapso tan breve. En la encrucijada entre el dolor personal y la creatividad artística, Crisantemi se erige como un testimonio perdurable de la capacidad de la música para transcender las barreras del tiempo y conectar con las emociones humanas más profundas. Recoge una amplia gama de emociones, entre las que se cuentan angustia, intimidad, nerviosismo, dolor, tristeza, emoción y melancolía; sentimientos universalmente compartidos e intrínsecos al ser humano ante la pérdida de un ser querido.

Foto: Archivio Puccini Museum Lucca

En definitiva, debemos aprovechar la oportunidad que nos brinda la conmemoración del centenario de la muerte de Giacomo Puccini para sentirnos invitados a explorar no solo sus renombradas óperas, sino también el rincón menos transitado de su repertorio, sus composiciones instrumentales, alejadas de toda pompa operística. Disfrutemos sumergiéndonos en una forma de expresión más íntima y reflexiva. Descubramos un nuevo y cautivador Puccini.

Juan Manuel Parra Urbano
Musicólogo, pianista y director

Bibliografía consultada:

Bahamonde Magro, Ángel (1996). España busca rey. Historia 16. Historia Viva.
Domínguez Ortiz, A. (2001). España. Tres milenios de historia. Marcial Pons Historia.

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