La liturgia y lo profano: un encuentro extraordinario

Abr 24, 2025

TEMPORADA DE ABONO: Programa 12

Fascino italiano

©Archivo OFM

Lugar: Teatro Cervantes. Málaga
Formato: Género de concierto / Música sinfónica y coral
Compositor: Maurice Ravel / Camille Saint-Saëns / Gabriel Fauré
Intérpretes: Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM), Jose María Moreno (Director titular), Lana Zorjan (violín solista), Margarita Rodríguez (Soprano), César San Martín (Barítono), Coral Cármina Nova (dirección de Michele Paccagnella).
Fecha: 10 de abril

Autor: Abraham Quero

El Teatro Cervantes de Málaga abría el programa extraordinario de Semana Santa el pasado jueves 10 de abril, en una velada que resultó bien acogida a la par que insustancial. El programa se dividía en dos partes, una primera instrumental, impulsada por Lana Zorjan, y una segunda parte coral, defendida flácidamente por la Coral Cármina Nova.

Comenzaba con la versión orquestal de la Pavana para una infanta difunta, M. 19 (1910) de Ravel, obra que se hila bajo una melodía extremadamente evocadora, sutil y penetrante. La calma que transmiten sus siete minutos no terminó de llegar como debía al público allí dispuesto, quizás por su ubicación en el programa, quizás porque faltó empuje y decisión. Lo cierto es que el cambio de plantilla al poco del inicio resultó algo desconcertante para la mayoría, en una obra que, en palabras de Ravel, debía ser recibida más como un «baile señorial» que como un «lamento fúnebre».

En esta línea, la dirección iría tornándose más acogedora y agradecida, sobre todo por la aparición de la solista Lana Zorjan, quien forjó una comunicación violín – dirección muy interesante, esencial y determinante. Esta violinista prodigio, de origen serbio y nacida en 2008, ya ha obtenido el reconocimiento absoluto a su maestría, obteniendo primeros premios en los numerosos concursos a los que se ha presentado. La Introducción y Rondó Caprichoso en la menor, op. 28, escrita por Saint-Saëns para Pablo de Sarasate, encontró en este evento un encaje ideal. La solista dibujaba cada melodía en su rostro y hacía entrega de todas aquellas dificultades técnicas que el compositor había pensado para esta obra. Compuesta en 1863, caprichosa y enérgica al mismo tiempo, finalizaba con el alcance que esta parte del programa merecía, dando carta de presentación a una artista que mostraba su naturalidad desde el inicio.

La liturgia y lo profano: un encuentro extraordinario

©Archivo OFM

Tzigane (1924) es una obra con encanto, con pellizco, un ejemplo rapsódico por antonomasia. Supone una demostración fugaz del folclore gitano húngaro, una improvisación escrita que a Ravel le fue inspirada tras escuchar a la violinista Jelly d´Arányi, a quien además, fue dedicada esta pieza. El despliegue técnico es reseñable a lo largo de toda la obra, las cuerdas dobles y pizzicatos son una constante, pero sin duda, el arco abajo reluce con una bravura implacable en Lana Zorjan, solista valiente y decidida, que obligaba al aplauso después de la escucha. Y así acababa la gloria de aquel jueves magnífico, después del bis de la violinista, un Requiem, op. 48 de Fauré custodiado por la coral Cármina Nova (Michele Paccagnella a la batuta), ensombrecía la atmósfera tornándose plomiza y algo insípida. Su primera versión fue escrita comenzó en 1887, pero no fue hasta el año 1900 que esta pieza se presentaba con orquesta completa y en siete movimientos, justo la interpretada en esta segunda parte del programa. Constituye una pieza de envergadura para coro y orquesta que bien se presta a lo grandilocuente, pero que distó mucho de un final verdaderamente honesto para la ocasión. La dirección orquestal se centró de nuevo en lo elemental del asunto y la resolución coral hubo de ofertar un vigor de dudosa presencia en los 35 minutos de este vasto recorrido. Un Introït y Kyrie solemne con unos contracantos equilibrados, un Offertoire que presentaba al barítono César San Martín poco arrojadizo, un Sanctus afable agradecido por la orquesta, un Pie Jesu con una soprano (Margarita Rodríguez) algo contenida. El Agnus Dei y Libera me (este último de nuevo con barítono) parecía remontar la epopeya de esta misa, que terminaba con un In paradisum más orgánico, más en sintonía, más encauzado y afable. Terminaba así la velada con una «feliz liberación, una aspiración a una felicidad superior», tal y como Fauré entendía la muerte.  

Mención al arpa, a los contrabajos y al órgano, y una traducción también agradecida de la liturgia en latín. En general, un programa de gestión un tanto chocante que abría las puertas a esta Semana Santa tan esperada.

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