Lugar: Auditorio de Tenerife, Sala Sinfónica.
Evento: Concierto del 42º Festival de Música de Canarias.
Artistas: Dirección musical: François-Xavier Roth. Orquesta SWR de la Radio de Stuttgart.
Fecha: 124 de enero de 2026.
Obras: Obras de Debussy, Mozart y Ravel
Autor: Pablo Jerez
© Fiorella Licandro
El Festival Internacional de Música de Canarias recibió en el Auditorio de Tenerife, prácticamente lleno, a la Orquesta Sinfónica SWR de la Radio de Stuttgart, una de las formaciones históricas del panorama alemán, con cerca de un centenar de músicos sobre el escenario. Bajo la dirección de su titular, François-Xavier Roth, y con Emmanuel Pahud como protagonista absoluto, el programa se articuló como un arco estético coherente que transitaba del simbolismo fundacional de Debussy al clasicismo vienés de Mozart y culminaba en el gran fresco orquestal del siglo XX con Ravel. Un recorrido pensado desde la inteligencia musical y la tradición, pero también desde la sensualidad del color y la arquitectura del sonido.
El Prélude à l’après-midi d’un faune de Debussy se convirtió desde el primer compás en un auténtico rito iniciático. La lectura de Roth, sin batuta, hipnótica, casi coreográfica, recordó a la figura de un demiurgo que modela el sonido desde dentro, más sugerente que enfático. La sutileza tímbrica fue excepcional: flautas y arpa dibujaron un paisaje de ensoñación continua, con colores que fluían como un río constante. A diferencia de otras lecturas excesivamente contenidas, aquí la magia se impuso con naturalidad, sin rigidez ni asepsia sonora, logrando un equilibrio raro entre control y abandono expresivo. El público respondió con aplausos sinceros y prolongados, sin vítores, como respetando el clima suspendido que se había creado en la sala.
El Concierto para flauta nº 1 de Mozart supuso el gran punto de inflexión de la velada. Emmanuel Pahud confirmó su condición de referencia absoluta, uno de esos intérpretes que no solo dominan la técnica, sino que establecen canon. Su Mozart fue ejemplar: equilibrado, elegante, profundamente salzburgues. La orquesta ofreció un acompañamiento de una nitidez admirable, con una sección de cuerdas prodigiosa, siempre presente pero jamás invasiva. La cadencia del Allegro inicial fue sencillamente memorable, un despliegue de musicalidad, poder sonoro y dominio absoluto del instrumento que provocó una reacción inmediata del auditorio.
El Adagio alcanzó cotas de refinamiento excepcionales. Aquí confluyeron la sutileza de la escritura mozartiana y la capacidad de Pahud para producir un sonido perlado, cantabile y profundamente humano. El diálogo entre solista y orquesta fue constante, casi coreográfico, en una respiración compartida que recordaba a las grandes interpretaciones históricas del repertorio. La ovación fue rotunda. Como propina, un Allegro interpretado por seis flautas —las cuatro de la sección orquestal, Pahud y el propio Roth— añadió un gesto lúdico e inteligente, celebrando la flauta como instrumento colectivo y subrayando la música como juego serio.
La segunda parte, dedicada íntegramente a Daphnis et Chloé de Ravel, confirmó el excelente momento de la formación alemana. Desde la introducción, la orquesta desplegó un auténtico enjambre de colores y una cascada sonora perfectamente equilibrada. Todo estaba medido, cada plano perfectamente integrado en una masa orquestal fluida y compacta. Las cuerdas sonaron limpias y densas, los metales ajustados y contenidos, como si Roth administrara el fuego con prudencia, reservándolo para los momentos verdaderamente decisivos.
La Danza grotesca de Dorcon resultó extraordinaria por su refinamiento rítmico y su riqueza de matices; las cuerdas en la Danza de Lyceion ofrecieron una lección de elegancia tímbrica, mientras que los metales brillaron con autoridad en la danza lenta y misteriosa de las ninfas. El Amanecer fue uno de esos instantes que justifican una velada entera: belleza absoluta, contrastes sutiles, colores perfumados de nuevo día, una orquesta funcionando como un solo cuerpo. Aquí desapareció cualquier rastro de contención excesiva para dar paso a una verdadera imaginación sonora.
La Bacanal final desató una ovación atronadora, con el auditorio rendido ante una interpretación de gran impacto emocional y narrativo. Como cierre festivo, la propina de L’Arlésienne de Bizet fue entendida no como epílogo solemne, sino como fin de fiesta brillante y virtuoso. Una velada extraordinaria, en la que rigor, tradición y emoción encontraron un raro punto de equilibrio, y que confirma que, cuando esta orquesta y este director se permiten respirar con libertad, el resultado alcanza cotas verdaderamente memorables.
