FESTIVAL INTERNACIONAL DE MÚSICA Y DANZA DE GRANADA

Foto: Fermín Rodríguez
Lugar: Palacio de Carlos V (Granada)
Formato: Género de concierto/Música sinfónica
Programa: Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, Op. 15. Sinfonía nº 1 en do menor, Op. 68
Autor: Johannes Brahms
Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Stuttgart (SWR), Alexandre Kantorow (piano solista). Dirección musical, Pablo Heras-Casado
Fecha: 12 de julio
Por: Abraham Quero
No fueron pocos los esfuerzos que Brahms haría para situar al Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, Op. 15 (1854 – 1858) como una obra de envergadura, que de alguna manera posicionara al compositor en un escalafón aún más significante. Su elaboración, continuamente revisada, podría haberse materializado en una sonata para dos pianos o exclusivamente en una sinfonía, pero fue el género de concierto lo que definitivamente dio forma a lo que se pudo escuchar en el Palacio de Carlos V, un espacio emblemático del conjunto monumental de la Alhambra, que bien merece acoger a un genio de estas características.
Un exdirector del propio Festival de Granada, Pablo Heras-Casado (por cierto, natal de la propia ciudad), acudió repentinamente al rescate de este par de conciertos brahmsianos, para los que estaba previsto que dirigiera Orozco-Estrada. Puede que esto influyera en la ligera conexión de la SWR con el propio director, a pesar de ser asiduo colaborador de estos. Fueron pocas (o insuficientes) las miradas que los músicos cruzaron con él, precisamente con alguien más que familiarizado con el terreno romántico alemán. No obstante, y destacable es, se mostró a una orquesta más que compacta en sus secciones, con una individualidad difícil de conseguir y que apela a un gran conjunto que subraya lo corpóreo, lo gestual con su instrumento. La conjunción de lo espressivo y sorpresivo en esta obra espectacular lucían con acierto en los arcos y en los ataques de la sección de viento y es que, ciertamente, pareció que sus componentes ni hubieran necesitado de un calentamiento inicial. Una pena, de hecho, que el sector más atrasado, poco se pudiera lucir más con una sonorización que resultó ser mejorable, sobre todo, porque precisamente era uno de los programas que se grababan para su emisión. Más aún, el Steinway & Sons que portaba Alexandre Kantorow no fue recogido tal y como merecía el propio intérprete, a propósito, impecable en su interpretación. Limpio, ligero y personal al mismo tiempo, calificable como un pianista de alta expresividad, a medio camino entre lo entusiasta y la consolidación que se está cultivando. La primera entrada post orquesta ya denotó una gran afectividad y una vez adentrado el conjunto, en el segundo movimiento, las dinámicas se mostraron más depuradas, sobre todo en aquellas más ligeras. La entrada pianística en el tercer movimiento casa con lo continuador que tiene Brahms del legado beethoveniano. Vuelve a aparecer el tema principal, y en este caso, fundido con el matiz contrapuntístico que solía utilizar Beethoven. El mismo fundido es el que hay que destacar en Kantorow, quien presentó sus entradas con una unión tan templada que casi pareciera una extensión de las cuerdas. Este temperamento sutil a la vez que decidido, empujó a la orquesta hacia un gran final, poderoso, súbito y triunfal. No es de extrañar que tuviera lugar una larguísima ovación que desembocó en el Liebestod que Liszt transcribiera del mismísimo Wagner.

Foto: Fermín Rodríguez
Tras el receso, el director, sin batuta, continuaría con la Sinfonía nº 1 en do menor, Op. 68 (1855-76). La SWR, de origen radiofónico, terminó de culminar su elenco en 2016, y aunque tiene como sede principal la propia Stuttgart, desarrolla su actividad en Friburgo, Mannheim, Karlsruhe, Ulm, Dortmund o Donaueschingen. El estreno de esta primera sinfonía (Karlsruhe, 1876), provocó gran impacto. Basta con exponer la reconocida crítica de Eduard Hanslick; “La marcada afinidad de Brahms con Beethoven puede ser notada por cualquier músico que no la hubiera percibido antes […] maestría en la técnica que no ha sido revelada hasta ahora por ningún compositor de nuestra época”.
A pesar de una dirección algo perezosa en su inicio (quizás comprensible dada la situación), Heras-Casado empezó a mostrarse más colaborativo desde el segundo movimiento. La obra en sí comprendió un proceso largo de gestación, pues se trata de una partitura densa con una infinidad de motivos que se combinan y fragmentan interrelacionándose magistralmente con el ritmo, la dinámica o el timbre. Tal combinación resulta ser ideal para mostrar a una orquesta que se aprecia vívida y palpitante, tal y como pudo apreciarse en los pasajes de pizzicatos en el total de las cuerdas, que bien podrían atribuirse a un solo instrumento. En este sentido, el dramatismo y posterior lirismo que caracterizan a esta obra, encontraron en la SWR y su director un regocijo finalmente digno, que terminó liberándose con lo que se ha considerado la variante brahmsiana de la “Oda a la Alegría” de Beethoven en la Novena Sinfonía. En conjunto, una velada en un entorno magnífico y mágico, que concluyó sorpresivamente con el bis de la Danza húngara nº 5 de Brahms.

Foto: Fermín Rodríguez
