Las rosas de Sorozábal y Sagi nunca marchitarán

Nov 26, 2024

Foto de Kazuo ota en Unsplash

Foto: Javier del Real

Foto: Javier del Real

Lugar: Teatro de la Zarzuela (Madrid)
Formato: Zarzuela
Compositor: Pablo Sorozábal
Intérpretes: Vanessa Goicoetxea (Ascensión), Manel Esteve (Joaquín), Gerardo López (Ricardo), Jesús Álvarez Carrión (Capó), Nuria García Arrés (Clarita), Ángel Ruiz (Espasa) Dirección musical: Alondra de la Parra. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela.
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Por: Alessandro Pierozzi

La del manojo de rosas que se representa del 20 al 30 de noviembre en el Teatro de la Zarzuela es de esas obras que por su música (de Pablo Sorozábal) y por su puesta en escena (de Emilio Sagi) nunca pasará de moda. Tras más de treinta años del estreno del montaje del gran Emilio Sagi en el coliseo madrileño, esta sexta reposición no ha perdido un pétalo de frescura, color y emoción y no tiene visos de que vaya a marchitarse por más años que pasen.

Una partitura que, tal y como reza en el programa de mano “cuenta con 90 años, siendo el título que mejor refleja el Madrid de los años 30’. Después de todo, esa fue la intención de Sorozábal, «hacer una música, sencilla, espontánea, garbosa, que tuviera salero y sentimiento, con sabor popular…»”. Y vaya que si lo consiguió. Apoyado en un libreto costumbrista, repleto de chascarrillos bien afilados y un lenguaje cotidiano, embelesado y rebelde –con el que se pretendía reflejar la nueva realidad de una sociedad republicana que buscaba los primeros avances en muchos aspectos–, la partitura derrocha pasodobles con melodías y armonías entrañables, unas habaneras repletas de lirismo (Madrileña bonita, ¡Qué tiempos aquellos!), una preciosa romanza (No corté más que una rosa), dúos alegres y melancólicos…chotis, tirana, mazurca, un preludio de los que te marchas a casa canturreándolo y fragmentos para que la coreografía –creada en su momento por el añorado. Goyo Montero– como el Fox-Trot del primer acto con tintes de musical americano, sea el complemento perfecto de la acción dramática.

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Foto: Javier del Real

Una plaza de Madrid es testigo de una bonita y fresca “historia de amor y amistad musical”. Una plaza con balcones abiertos a la esperanza y a la libertad, llenos de vida, luz y color y unos bajos que simbolizan los tres grandes bloques entre los que se mueve la obra –el taller (símbolo de una sociedad con sus quehaceres, ruinas y esperanzas), el café (lugar de idas y venidas, de chascarrillos, de personajes pintorescos) y la floristería (refugio del amor utópico y de pasiones escondidas). Un lugar por el que pasan y conviven todo tipo de personajes que asisten a las cavilaciones amorosas y enredos sociales de los dos tríos protagonistas. Es en esa ágora donde claramente muestran su arte y personalidad la pareja protagonista, en este caso Vanessa Goikoetxea, en el papel de Ascensión y Manel Esteve, como Joaquín. Ambos escenificaron con sus voces e interpretación el lado más teatral de sus personajes con una seguridad, simpatía, desdén y melancolía –algo tan necesario sobre los escenarios de la actualidad–, aunque no exentas de la lógica calidad exigida a estos niveles como en la preciosa romanza del barítono, Madrileña bonita, que el público aplaudió de manera especial. La soprano Vanessa Goikoetxea es una cantante de largo recorrido y se demuestra con su aplomo y la facilidad mostrada en el tránsito por los varios registros que requieren las notas de Sorozábal a lo largo de la partitura. El tercero en discordia, Gerardo López, en el papel de Ricardo, también aportó el lado más “señoritingo” de la trama, con una interpretación destacada e incisiva.

Brillantes las actuaciones de Jesús Álvarez (Capó) y de Nuria García (Clarita) como contrapeso confidencial de la historia de amor de los dos protagonistas, pero que, al mismo tiempo, lucha por abrirse el hueco de su propio imaginario amoroso. Papeles nada deseñables por tener que lidiar con la pareja protagonista y con el personaje diferenciador, único, de esta zarzuela: Espasa. La compleja y divertida verborrea, el madrileñismo hecho arte y la dificultad interpretativa llevaron a Ángel Ruiz a un rotundo éxito. Gran papel.

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Foto: Elena del Real

En la dirección musical, debutaba en las huestes zarzueleras la recién nombrada directora de la ORCAM, Alondra de la Parra. La mexicana pareció sentirse entregada e inmersa en la partitura de Sorozábal. La afinidad y entendimiento con los miembros de la orquesta, con los cantantes y bailarines pareció transmitirse en el disfrute desde el podio que fue de menos a más, destacando una buena coordinación con el elenco, así como el tempo y las dinámicas elegidas para el Preludio, al inicio del segundo acto, un pasodoble de los de época. La orquesta brilló desde el foso del coliseo al son de la batuta, como suele ser habitual en el conjunto madrileño a lo largo de los últimos años.

Cita ineludible, ambiente de las grandes ocasiones, ganas de zarzuela. Las rosas de Sorozábal y Sagi seguirán brotando y nunca marchitarán.

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