
Foto: Alessandro Pierozzi
Lugar: Teatro Monumental (Madrid)
Formato: Concierto
Compositor: P. I. Tchaikovsky
Intérpretes: Orquesta Sinfónica de RTVE. Solista: Josu de Solaun (piano). Dirección musical: Christoph König
Fecha: 21 de noviembre de 2024
Por: Alessandro Pierozzi
Se presentaba la Orquesta Sinfónica de RTVE en su sexto concierto de abono sinfónico, con un programa monográfico dedicado al eterno P. I. Tchaikovsky.
El que suscribe, debe reconocer que hacía bastante tiempo que no escuchaba a la formación en directo, y el resultado se puede catalogar como exitoso sin apenas fisuras: el conjunto es un gran conjunto. Suena bien empastado y equilibrado, con unas más que interesantes propuestas solistas y grupales (violonchelos, trompas, viento madera…) e intensidad en la transmisión del mensaje porque, no hemos de negar que, el programa elegido, se presentaba, cuanto menos, exigente.
Una propuesta que parecería empezar por el final, como si el director o programador hubiera querido voltear el reloj de arena de la lógica, al iniciar con el mastodóntico Manfred, un ¿poema-sinfonía?, según la opinión que aparece en las notas al programa en la que se habla de ese carácter híbrido en la que debería haber sido una probable Quinta sinfonía –por estar escrita en 1885, entre la Cuarta (1878) y Quinta (1888)–, dejando para la segunda parte, el emblemático y legendario Concierto nº 1 para piano y orquesta, santo y seña para todo pianista que se precie.
En Manfred, Tchaikovsky sigue mostrándose como el Tchaikovsky de siempre, aunque con algunas esencias diferenciadoras respecto a su producción más conocida. Sinfonismo pleno, contrapunto quasi draconiano que se mueve en escala y en bloques de ida y vuelta, desde la cuerda al viento metal, coronándose con la percusión para volver en descenso a argumentar nuevos temas y llevarnos lentamente hacia esas cadencias tan bellas y eternas, a esas melodías y armonías trágicas y funestas (como en el Lento del primer movimiento), o a los Scherzos repletos de lirismo y aire acompasado, como el del segundo movimiento o a la inclusión de ritmos populares (tan rusos) en el cuarto. Pero es cierto que se incluyen aspectos más sinceros y menos de artificio –seguramente atado al ámbito programático de la historia– como cierta disrupción discursiva a lo largo del discurrir de la “trama musical” o la llegada, ciertamente “exhausto”, a un final inesperado, como si de un alma perdida entre las tinieblas tenebrosas del destino se tratara. Christoph König, desde el podio, mostró la seriedad, la claridad y la mano firme de la escuela alemana, para lograr que la orquesta cruzara esa meta, con un público “muy tchaikovskiano”, fiel y entregado que parecía relamerse ante lo que estaba por venir.

Foto: Nicoleta Lupu
Y lo que sucedió fue el triunfo sin paliativos del pianista Josu de Solaun. Del Concierto nº 1 en si bemol menor, op. 23 se ha dicho y se ha escrito casi todo. Cientos de versiones, cientos de estudios musicológicos, cientos de críticas y reseñas. Pero cada vez que el pianista arranca con la famosísima sucesión de acordes que marca el comienzo de un tema inolvidable, a uno se le olvida lo anterior y queda atrapado de inmediato en lo que está escuchando. Así, una y otra vez. Y exactamente eso sucedió con la interpretación del pianista valenciano.
De Solaun es un pianista con características diferenciadoras. Tiene, a priori, su estilo, su forma de abordar el repertorio y eso hay que valorarlo y agradecerlo siempre. Puedes, a posteriori, encontrar similitudes, diferencias con otros intérpretes, gustarte más o menos, pero es un músico auténtico desde el minuto uno hasta los saludos finales. Intenso, motivado(r), controlando con una facilidad apabullante los fraseos, los silencios, las pausas, los contratiempos, por momentos pareció, incluso, estar dirigiendo él mismo con la mirada a la orquesta. Inmerso en todo momento en la lectura y significado de la partitura, deshuesó cada nota y cada matiz con una técnica impecable que demuestra un trabajo de campo original y verdadero. En cada movimiento desplegó las alas del corazón (en el primero), el caminar de las emociones (en el segundo) y la alegría del espíritu (en un brillante tercer y último movimiento).
La velada todavía reservaba alguna sorpresa tan original como la invitación del pianista al director, Christoph König, para interpretar a cuatro manos el Waltz nº 15, op. 39 de Brahms, una página de sonrisa inocente y la despedida del público, por parte Josu de Solaun con el Preludio de Debussy, La terrasse des audiences du claire de lune (Libro IIº), de una sensibilidad tan lunar que permitió adentrarse en una típica noche otoñal madrileña con la nostalgia necesaria para afrontar la vuelta a casa.

Foto. Alessandro Pierozzi
