Manon frente al espejo de su (nuestra) vida

Oct 14, 2026

© Javier Del Real /Teatro Real.

Lugar: Teatro Real de Madrid
Evento: Ópera
Programa: Manon Lescaut, ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini
Intérpretes: Carolina López Moreno (Manon Lescaut), Jorge de León (Renato des Grieux), Szymon Mechlinski (Lescaut), Pietro Spagnoli (Geronte di Ravoir), Albert Casals (Edomondo). Dirección musical: Nicola Luisotti. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección del coro: José Luis Basso. Dirección de escena: Carlos Wagner. Escenografía: Frank Philipp Schlössmann. Vestuario: Jon Morrell
Fecha: 9 de octubre de 2026
P.D. Las fotografías, cedidas por el Teatro Real, corresponden a un elenco diferente al que el autor de la crítica pudo asistir

Autor: Alessandro Pierozzi

Giacomo Puccini es de esos creadores que primero te atrapa y luego te invita a pensar. Cuanto más lo escuchas más quieres volver a él y buscar los vericuetos que forman el baúl de nuestra existencia. Por tanto, hay algo de síndrome de Stendhal con uno de los hijos predilectos de Lucca. Eso parecía respirarse en los prolegómenos de la función a la que como medio acreditado pudimos asistir por primera vez en el Real —algo que agradecemos— el pasado 9 de octubre. El que una obra llegue al escenario tras más de cien años de su estreno es siempre una buena noticia. Sea cual sea el resultado. Porque permite sacar las valoraciones o conclusiones pertinentes. Como en todo, a unos les gustará más y a otros menos, a unos muchísimo y a otros nada de nada. La tercera ópera en orden de creación de Puccini y la primera de sus grandes «hits» es un regalo para los sentidos sea en Madrid, Milán, Londres…o en la Conchinchina, y más con los tiempos que corren hoy en día, en lo que nada está, por desgracia, asegurado. 

La adaptación y desarrollo de la historia están amparados en un decorado enmarcado como si de un cuadro se tratara que, observado desde la distancia, se va haciendo cada vez más amplio, más sobrio y va creando una continua «escena dentro de la escena», con técnica cinematográfica incluida, como en el primer acto y su ambientación en la Italia del neorrealismo (Ave, sera gentile o Tra voi belle, brune e bionde), en el segundo acto cuando Manon es mostrada como objeto de deseo ante los «mirones» de la alta sociedad (Minuetto) o en el tercer acto —en una de las escenas más logradas dramáticamente—, cuando las mujeres son elegidas para ser deportadas (All’ armi, all’armi). Es como si los protagonistas parecieran ejercer también de público, para mostrar el desarrollo de la acción y encontrar la complicidad del «otro». El efecto de amplitud se acentúa con el alargamiento de la cuarta pared hacia un punto de fuga en sentido ascendente (y descendente) que permite las transiciones narrativas de los personajes en cada acto, aunque en ocasiones no queden demasiado claras. A simbolizar los cuatro escenarios que se presentan en cada uno de los actos, Carlos Wagner, junto a Fran Philipp Schlößmann, decide colocar una plataforma giratoria que adquiere diferentes valores simbólicos. En el primer tramo como tío vivo —símbolo de liberación y de huida entre dos enamorados «del pueblo»—, una «jaula de oro» en el acto II —para reflejar la ambición y deseo desenfrenados—, una «jaula casi circense para fieras» que denuncia el abuso hacia las mujeres y la falta de libertad en el acto III, que aboca hacia el final trágico con la detención de Manon y resto de prostitutas, y por último, el abismo que deja el círculo en tierra yerma, cuyo reflejo se alarga hacia la elipse de oscuridad y misterio ––que como un ojo que todo lo ve ha estado presente a lo largo de toda la ópera––, ahogándolos lentamente en su soledad hasta encontrarse con la muerte cara a cara. 

En el aspecto musical, cabría comenzar comentando el viraje de esta producción con el desafortunado cambio del maravilloso Intermezzo del tercer al cuarto acto para ilustrar el viaje del barco hacia las Américas, un poco a modo de «hilo musical» de un audiovisual con el movimiento del mar. Seguramente sea una idea consensuada, pero esa pieza es Puccini con letras de oro y relegarla a casi el final, donde la emotividad dramática y melódica de la obra va in crescendo, hace que se pierda su potencial y simbolismo. Pero nada se puede objetar a la dirección musical del maestro Nicola Luisotti, que mantuvo a una acertada y empastada Orquesta Titular del Teatro Real con pulso firme, matizando el esplendor y melancolía pucciniana a partes iguales y facilitando a los intérpretes el camino (tortuoso) de que la obra tiene mucha tela que cortar y que nadie se puede permitirse ni un minuto de desatención. También el Coro mostró conjunción y entendimiento acorde con el sentir general que propuso el maestro toscano —buen conocedor de Puccini— con su batuta. Momentos como Oh saró la piú bella. Oh amor, amor o E Kate ripose al re —en el que se introduce la maravillosa melodía de I Crisantemi— o Manon, senti amor mio e Sei tu che pangi? consiguieron algunos momentos de esos que tocan la fibra sensible cuando el tutti entra en acción. De la misma forma que lo consiguió el elenco principal, con una Carolina López Moreno que, a pesar de ser una soprano más lírica que dramática, mantuvo el pulso de una Manon interesante sobre todo en los actos II y IV donde consiguió mostrar con brillo el enorme contraste que hay entre la coquetería e ilusionismo histriónico y el sufrimiento y la lamentación por una vida, en el fondo, perdida. Mostró carácter, dulzura y entrega de menos a más. Algo titubeante en Cortese damigella fue mostrando ese lado tímido y melancólico de Manon en Vedete? Son fedele. Y los primeros aplausos espontáneos fueron para ella In quelle trine morbide con un bonito y correcto control de voz, mostrando su potencial en el dúo Sei tú che piangi? y en Sola, perduta, abbandonata en las que su capacidad dramática consiguió conquistar finalmente al coliseo madrileño. Al otro lado del espejo, su otro yo, un cada vez más asentado Jorge de León en el papel de Renato Des Grieux. Quizás poco favorecido al comienzo por la dirección escenográfica que le presenta como una estrella del Festival de San Remo (años 50), pareció quedar un poco fuera de plano, incluso en la famosa aria Donna, non vidi mai que arrancó el aplauso de los extras y el coro como parte de esa «escena dentro de la escena», pero que no arrastró al público por las mismas veredas. Como en el caso de Carolina y a medida que avanzaba la noche, se vio a un Jorge de León más convincente, intenso, enamorado y pasional con un timbre de voz más que asentado y afrontando con decisión y carisma esos agudos de «spinta» y controlando cada vez mejor los acentos y dinámicas tan puccinianas. De León regaló bonitos momentos como en el dúo Ah, affé Madamigella o en Manon, senti amor mio. Destacable la actuación de Szymon Mechlinski, quien realizó una muy interesante presentación del personaje de Lescaut, combinando con gran criterio esa doble personalidad de hombre pérfido y humano, un doble registro nada sencillo. Momentos como La tua Proserpina, Dispetosetto questo riccio o en sus «negocios» con Geronte di Ravoir, interpretado por un Pietro Spagnoli que derrochó naturalidad y experiencia, fueron bien reconocidos por los aplausos finales de los presentes. 

Manon Lescaut es indiscutible. Es una obra muy grande como grande fue Giacomo Puccini, aunque algunos traten de dulcificar o empequeñecer injustamente su música.  Quizás al volver hacia nuestras casas, muchos pensamos que la historia de Manon ––una suma de tristeza, avaricia, amor, alegría, soledad…–– podría simbolizar la historia de cualquiera, la que día a día podemos ver reflejada en el espejo de nuestras vidas, con la que debemos convivir y nunca debemos olvidar.

Artículos relacionados
0
0
Tu carrito
Carrito vacío.Volver a la tienda