Martín García y Salvador Vázquez o la expresión como forma

Nov 18, 2024

Foto de Kazuo ota en Unsplash

Foto: María Cariñanos

Córdoba. 15-11-2024
Gran Teatro. Orozco Piano Festival
Orquesta de Córdoba
Martín García García, piano
Salvador Vázquez, dirección
Programa: Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa menor, op. 21, de F. Chopin y Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27, de S. Rachmaninov.

Por: Alejandro Fernández

El Gran Teatro de Córdoba brilló el pasado viernes con el cartel de no hay billetes. No era para menos teniendo en cuenta la intención, proyección y resultado del programa al que se enfrentaba la Orquesta de Córdoba, que en los años que seguimos su evolución artística va en ascenso. Concierto extraordinario de la formación enmarcado en la programación del Orozco Piano Festival con el Romanticismo como leitmotiv. En los atriles una página palpitante y llena de expresión como es el Segundo concierto para piano de Chopin y en el reverso uno de los capítulos imprescindibles del gran repertorio sinfónico como es la Segunda sinfonía de S. Rachmáninov.

Dos perspectivas musicales que trascienden los límites estéticos y artísticos de sus escuelas de referencia para deambular sobre la originalidad de dos lenguajes musicales que retratan la personalidad de Chopin y Rachmaninov. Pocas veces ocurre y una de esas veladas tocadas por la genialidad fue la que definió el programa al que se enfrentaban conjunto sinfónico, solista y director con resultado aquilatado. En pocas palabras un concierto difícil de olvidar y que sirve tanto a músicos como aficionados a construir esa referencia sonora como camino seguro sobre el que se construye la identidad de un conjunto y la madurez del melómano.

Vladimir Horowitz es una de las leyendas del piano del siglo pasado. En su concepción artística, Horowitz centraba su preocupación en el auditorio con el que conectaba al trasladar al piano emociones y vivencias. Precisamente esta idea distingue el piano de Martín García García consciente de la finalidad con la que construye sus presupuestos artísticos haciendo de la música algo más que un mero ejercicio de pirotecnia técnica y artística. Afortunadamente Martín García opta por una dimensión más trascendente y comprometida sin apriorismos ni convenciones que tienen más de clasistas que de hecho musical en sí mismo.

Es en este contexto en el que se ubica la lectura que Martín García realizó con la Orquesta de Córdoba comandada desde el podio por su director titular, el maestro Salvador Vázquez. Lo primero que sorprende del análisis en grueso de la lectura del Segundo Concierto de F. Chopin fue la línea artística marcada en la que ambos músicos desplegaron sensibilidad y rigor técnico sobre una línea dinámica que permitiría trascender de las manidas etiquetas y convenciones -un error de manual- con el que se intenta clasificar el repertorio. El Concierto de Chopin tiene sentido cuando se lee con intención, como le podría ocurrir a otras grandes referencias del piano.

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Foto: María Cariñanos

La extensa introducción del primer movimiento podría pasar como irrelevante pero el milagro se revela en el momento en el que el piano de Martín García retoma el tema al teclado con una naturalidad orgánica plena de carnalidad y tornasoles abonando el camino hacia el irresistible larghetto que el pianista asturiano mimó en las ornamentaciones, sin estridencias ni impostación, un ejercicio musical de una altura poética sólo posible gracias al trabajo técnico que demanda este concierto y en la que la orquesta tiene la tarea de aportar sostén y color.

Profesores y batuta cuidaron precisamente estos detalles que al llegar al allegro vivace del tercer tiempo dieron pleno sentido a la perspectiva con la que se cuidó la emisión final de esta versión del Concierto en fa menor en el que no faltaron evocaciones a esas pequeñas piezas que inundaron el período romántico y que no fueron creadas para rivalizar con las grandes páginas concertantes, por el contrario, gozaban de la misma consideración y valoración. Dos páginas de Liszt y Debussy como propina completaron el vuelapluma del piano del siglo XIX al que Martín García acercó al auditorio.

La segunda parte del concierto contó con el refuerzo en los atriles de alumnos del Conservatorio Superior de Córdoba que sirvió también para tomar el pulso a los incipientes músicos que se están formando. Pocas veces una iniciativa como esta ha dado visos de solvencia impregnada, las más, de un “paternalismo impostado” que nada tiene que ver con la preparación técnica de estos músicos.  Es indudable la ardua cocina que ha tenido montar este programa, pero a nadie se le puede escapar ni la intención, que era mucha y especialmente el trabajo del maestro Salvador Vázquez que lejos de improvisar y resolver en cada una de sus propuestas se descubre el oficio y la excelencia que distingue su batuta que lo han llevado hasta la Orquesta de Córdoba como uno de los directores de referencia de la escena musical nacional.

Salvador Vázquez guió los bríos del caballo de S. Rattle para ofrecer una versión enmarcable en lo técnico y emocional sobre la idea de una línea dinámica apoyada en el pulso, bien trabada en el fraseo entre instrumentos hasta conseguir un destilado en la emisión brillante, sensible y explosiva en los momentos anotados por Rachmaninov en la partitura. Una fórmula acertada para singularizar el caudal temático y melódico que posee esta sinfonía. Si a ello se suma la plasticidad y encanto volcada en su interpretación no es de extrañar la unanimidad de la recepción con la que los aficionados cordobeses premiaron esta inolvidable velada.

En la oscuridad de la introducción del primer movimiento aparece velado sutilmente el leit que atraviesa toda la sinfonía dotándola de unidad que tanto conjunto como batuta supieron explotar para dar sentido a la lectura ofrecida. Cabe destacar la densidad de las cuerdas graves que se sucedería orgánicamente en el resto de las secciones. A pesar de la extensión del capítulo la escucha entre atriles fue una de las claves de la solvencia del tiempo dando sentido a la decisión y ataque con el que se desarrolló el segundo movimiento antes de entrar de lleno en el adagio. Adagio que resultó palpitante, carnal y plagado de acentos.

El maestro Salvador Vázquez no tiene por costumbre dejar nada al azar y sin embargo sus lecturas resultan solventes y con sobrada altura artística. Basta señalar un pequeño detalle -entre los no pocos que tuvo la interpretación- y que marca la diferencia como fue la inocente frase orquestal que sirve de transición a la reexposición del tema principal leída con extraordinaria delicadeza y gusto musical. Al llegar al capítulo de cierre el conjunto dió rienda suelta a la presión con dinámicas ágiles y controladas por el maestro Salvador Vázquez que en la coda final coronaba una primera lectura sin fisuras, que habla a las claras (le pese a quien le pese) del ilusionante potencial de la Orquesta de Córdoba, regalando a los aficionados una de esas veladas que permanecen en la memoria.

 

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