
Lugar: Teatro de la Zarzuela (Madrid)
Formato: Ópera
Compositor: Emilio Arrieta
Dirección musical: José Miguel Pérez-Sierra; Dirección de escena: Bárbara Lluch; Escenografía, Daniel Bianco.
Intérpretes: Sabina Puértolas (Soprano), Ismael Jordi (Tenor), Juan Jesús Rodriguez (Barítono), Rubén Amoretti (Bajo); Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro Titular del Teatro de la Zarzuela.
Por: Alessandro Pierozzi
El título de esta reseña les sonará ¿verdad?
En efecto. Es el de una canción de 1949 del famoso cantante valenciano, Jorge Sepúlveda, que bien podría simbolizar lo que se vivió hace unos días en el escenario del Teatro de la Zarzuela. Marina, la ópera de Emilio Arrieta, volvía a subirse a las tablas del coliseo madrileño para inaugurar la temporada 2024/2025, una más… y ¡que no paren!
La historia de Marina y Jorge con su amor de ida y vuelta, de oleaje salino, de aromas perfumados y vientos decimonónicos arrastran al público siempre que la navegación se acerca a la orilla, al faro de una caja escénica, a la arena de un foso orquestal y a la espuma de una escenografía repleta de guiños y mensajes a nuestras vidas, a nuestras pasiones y a nuestras inseguridades.
EI mar, sus acantilados, sus profundidades y su misterio son fuente de vida, de amor y, por qué no, de dramatismo, pero es indudable que son y han sido base de inspiración para muchos artistas. En concreto para músicos. La ópera y la zarzuela nunca han sido ajenos a esta línea creativa que pone al mar como elemento protagonista o decorativo. Ejemplos como los de Arianna (1608) de Monteverdi, Moisés en Egipto de Rossini, Dido y Eneas de Purcell, el Acto III de Tristán e Isolda de Wagner o Così fan tutte de Mozart son algunos de los más reconocidos buques que surcan dicha superficie temática. La zarzuela, tampoco se queda atrás con joyas como La tabernera del puerto de Sorozábal o La tempestad de Chapí.
Estrenada en 1855 como zarzuela y transformada en ópera en 1871, Marina es el claro ejemplo de las cartas que Arrieta puso encima de la mesa con su evolución arriesgada (y exitosa) desde un tipo de teatro lírico tradicional a una posible (y efectiva) ópera nacional: belcantismo, uso de elementos folclóricos (sardana, tangos o seguidillas), lucimiento de solistas, policoralidad, orquestación claramente sinfónica, perfecta sincronía en dúos, tercetos y cuartetos, pero, sobre todo, una gran habilidad a la hora de llevar en volandas un texto que bien podría haber sido uno más, una “ñoñería” amorosa de las tantas, pero que, desde luego, gracias a esta partitura engancha desde el primer minuto.
La producción que presenta el Teatro de la Zarzuela es, nuevamente, intachable. Puede gustar más o menos porque ¡para gustos…los colores!, pero, como decía mi admirado abuelo, “Marina siempre será Marina… Una obra insuperable”.

Sabina Puértolas, en el (su) papel de Marina, mostró afrontar el personaje desde la inocencia a la determinación, desde la juventud a la madurez, con enorme personalidad, mejores “tablas” y, lo más bonito, gran gusto a la hora de mostrar su potencial interpretativo y canoro. Así lo mostró en pasajes como “Pensar en él, esa es mi vida” del Acto I, en el terceto del Acto III, junto a Jorge y Roque o en la escena final de la obra con el que el teatro se vino, literalmente, abajo. El papel de Jorge, interpretado por Ismael Jordi, es de una exigencia nada desdeñable. El tenor lo resolvió con una actuación vocal más que apasionada en pasajes como el famoso “A beber, a beber y apurar…”, magníficamente acompañado por el coro de la Zarzuela que mostró, como es costumbre, un altísimo nivel vocal-interpretativo, o también en el dúo final del tercer acto, en el que las emociones superaron las miradas y gestos cómplices de los dos protagonistas. Destacadísima la actuación del barítono Juan Jesús Rodriguez (Roque), quien mostró a lo largo de la noche un plus, no sólo en lo vocal – fantástico en las “Seguidillas” y “Tango” del tercer acto – sino también en su aproximación dramática al personaje, repleto de realismo y pasión vital. E igualmente brillante Rubén Amoretti (un Pascual entregado y celoso, sensible y cínico), que nunca defrauda desde su voz seria y profunda como la mar surcada por los marineros de Lloret.

La dirección y lectura musical de José Miguel Pérez-Sierra fue, en todo momento, fiel y correcta: tensión-distensión, diálogo y empaste entre cuerda y viento, coordinación con voces solistas y coro… Bien es cierto que, en ciertos momentos, se echó en falta un mayor arrojo emocional, perder un poco ese halo de inocencia y cliché romántico que rodea a la obra, simplemente por intentar investigar nuevos horizontes y salirse del corsé “donizzettiano”: faltó ese toque para que la piel de gallina de la sensibilidad te hiciera sentir el mayor de los fríos. La dirección escénica de Bárbara Lluch y escenografía de Daniel Bianco, muy lograda en cuanto a ambientación y adaptación del libreto, entrada y salida de protagonistas, coro y extras o la sensación de amplitud de escenario que se da con el uso de los espejos y proyecciones de fondo simulando el mar…
¡Señoras, señores! Sigamos mirando al mar y sigamos soñando.
