Paralelismos

Feb 12, 2026

Ciclo: Frente al mar. Programa 4

Lugar: Auditorio Edgar Neville, Málaga.
Fecha: 06/02/26
Evento: Concierto: música sinfónica
Programa: Concierto Nº 15 para piano y orquesta en Si bemol mayor, K450 (W. A. Mozart). Sinfonía en Re (Juan C. de Arriaga)
Intérpretes: Piano; Iván Martín. Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM). Dirección; Iván Martín. Divulgador, Santiago Pavón. 

Por: Abraham Quero

© Serrano Sierra

Este programa nº4 venía marcado por un memorable temporal que azotaba a la península y que tal día, como el pasado viernes 6 de febrero, nos brindaba una pequeña tregua que permitía celebrar este encuentro con relativa calma. En este panorama, bien agradecida era la intervención del divulgador Santiago Pavón, quien hizo brotar sonrisas en el público con su amable discurso sobre la obras. Una puesta en escena con desenfado que exponía entre otras cosas, como Mozart, resumidamente, entendía en cierto modo su composición: «una parte A en la que escribía para el público de a pie, y otra parte B que componía para un público más ilustrado, más ligado a la intelectualidad, conduciendo de esta manera su producción musical hacia el éxito que le sostenía». 

Iván Martín ha colaborado con grandes orquestas a nivel internacional: Londres, Berlín, Viena, París, Milán, Helsinki, EE. UU., Chile o São Paulo, entre otras tantas. Actúa en las salas de concierto más prestigiosas del mundo y tiene en su haber contribuciones discográficas con los sellos Warner Music, Sony Classical o Deutsche Grammophon.

El Concierto Nº 15 para piano y orquesta en Si bemol mayor, K450, es una obra exigente, compuesta en el periodo vienés y ubicada al comienzo de las obras maduras de Mozart, concebidas en 1784. Compuso parte de esta serie pensando en su propia interpretación en conciertos públicos, refiriéndose a ellas ante su padre como «conciertos que le hacen sudar a uno». 

Sin duda, la orquesta ofreció un comienzo decidido e inspirador en la sala. Una medida definida y un toque confiado proyectaron la vitalidad obligada que proponía Mozart para esta obra brillante y sin excusas. Después de las indicaciones pertinentes, Iván Martín tomaba asiento para introducir sus primeras notas. Las ornamentaciones son abundantes, complejas, puntillosas, rápidas, pero igualmente luminosas. El solista aborda toda esta complejidad con una maestría evidente, visible, más aún cuando las incursiones hacia la dirección salpican todo el recorrido de la obra. La doble función de director y pianista obliga a éste a mantener una activación en paralelo que no cesa. Tanto es así, que la nostalgia de un director propiamente dicho no surge en demasía, convirtiendo esta hazaña en una osadía no descortés que sorprende a aquel que lo presencia. Un piano colocado sin tapa, al descubierto, de espaldas al público arrojó una sonoridad palpable como la que resonó en las cadencias del primer y tercer movimiento. La orquesta, atenta a la vez que entusiasta, consciente ante la falta de batuta, y evocadora en lo que le concierne. Un trabajo correctísimo que mantuvo un talante inflexible desde el inicio hasta el último tutti.

Juan Crisóstomo de Arriaga (Bilbao, 1806 – París, 1826), compositor vasco afincado en París, fallece a una temprana edad, concretamente a escasos días de cumplir la veintena (Aurelio M. Seco. Codalario, 2016).  A menudo apodado el «Mozart español», (y de ahí el título de este escrito), se sitúa en el cambio de siglo y profesa igualmente un Zeitgeist más apegado a los valores de la Ilustración de finales del s. XVIII, pero que apunta a pequeños ecos del Romanticismo, como puede apreciarse en el cuarto movimiento de la sinfonía. Se erige como uno de los grandes intelectuales en la vida artística parisina de la época y supone una pieza clave dentro de nuestro legado artístico.

El primer movimiento de la sinfonía mostró cierta inestabilidad inicial, una cualidad que contrastó notablemente con lo que vendría a continuación. Ya iniciado el segundo movimiento, la interpretación adquirió un cariz marcadamente más solemne, especialmente por la intervención de la sección de viento madera. En este punto, el fundido entre la orquesta y los solos fue un deleite para el público, enriquecidos además por unas dinámicas bien acabadas. Sin embargo, si hubo un punto álgido en el desempeño de la orquesta, este se alcanzó en el cuarto movimiento. La dirección se mostró especialmente considerada y complaciente con todas las secciones del conjunto, optando por centrar la atención no tanto en la melodía individual, sino en el equilibrio y la cohesión de toda la formación. Dicha estabilidad merece ser destacada, pues contribuyeron a dotar a este cuarto programa de un interés especial, tejiendo un paralelismo relevante con las interpretaciones informadas desde un punto de vista histórico.

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