Un L’elisir para la historia

Feb 19, 2026

Lugar: Teatro Pérez Galdós
Evento: Temporada de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria.
Artistas: Xavier Anduaga (Nemorino), Génesis Moreno (Adina), Felix Park (Belcore), Pablo Ruiz (Dulcamara), Marina Díaz (Gianetta). Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Dirección: Ramón Tebar. Dirección escénica y escenografía: Daniele Piscopo.
Fecha: 14 de febrero de 2026.
Obra: L’elisir d’amore, ópera en dos actos de Gaetano Donizetti.

Autor: Pablo Jerez

© Nacho González Oramas/ACO

La inauguración de la temporada de Amigos Canarios de la Ópera con L’elisir d’amore de Gaetano Donizetti respondía a una lógica segura: un título infalible del bel canto romántico, voces de primer nivel y un público dispuesto a entregarse a esa alquimia teatral donde la ingenuidad se transforma en emoción verdadera. El Teatro Pérez Galdós presentó un lleno absoluto en una noche de San Valentín que parecía escrita para la ocasión. Pocas obras celebran el amor con tanta ligereza aparente y, al mismo tiempo, con tanta verdad íntima.

Desde el foso, Ramón Tebar planteó una dirección elegante y funcional, priorizando la fluidez del discurso. Los tempi ágiles aportaron dinamismo, aunque en algunos momentos la orquesta pudo resultar ligeramente rápida, restando espacio respiratorio a los pasajes más introspectivos. La Orquesta Filarmónica de Gran Canaria respondió con sonido compacto y concertación precisa. En Donizetti, donde la voz es eje y centro, la batuta cumplió lo esencial: acompañar con discreción, sostener sin imponer.

El Coro de ACO ofreció una intervención sólida y cohesionada, con buena afinación y presencia escénica convincente. En los concertantes mostró empaste y energía teatral, contribuyendo a ese clima festivo campesino que sostiene la arquitectura cómica de la obra. Su participación fue clara y eficaz, sin fisuras perceptibles.

Xabier Anduaga volvió a confirmar su lugar destacado en el panorama internacional. Su Nemorino fue de emisión noble, timbre luminoso y fraseo elegante. Especialmente refinada resultó su mezza voce en el dúo con Dulcamara, donde el canto se volvió íntimo y flexible, sostenido con naturalidad técnica. En «Adina, credimi» alcanzó uno de los momentos más inspirados de la noche, proyectando vulnerabilidad sin caer en afectaciones. El aria «Una furtiva lagrima» -que el público forzó a bisar por segunda vez en la semana- fue expuesta con línea cuidada y control del fiato, más concentrada en el canto que en el efectismo.

Génesis Moreno fue extraordinaria como Adina. Su instrumento, de brillo firme y proyección segura, se desplegó con soltura en las exigencias belcantistas del rol. Pero más allá de la técnica, aportó temperamento y presencia escénica. En «Prendi, per me sei libero» conjugó filados bien sostenidos y agudos seguros, dibujando una Adina menos frívola y más consciente del peso emocional de sus decisiones. La química con Anduaga sostuvo con veracidad el eje sentimental de la ópera.

Pablo Ruiz compuso un Dulcamara de voz robusta y autoridad escénica. Su dicción clara y su dominio del sillabato mantuvieron el pulso cómico sin caer en la caricatura. La relación con Nemorino fue fluida y teatralmente eficaz. Félix Park cumplió con solvencia como Belcore, proyectando la fanfarronería del personaje con canto correcto y presencia adecuada. Marina Díaz aportó frescura como Giannetta.

La puesta en escena optó por una estética tradicional, amable y sin lecturas conceptuales. No hubo riesgo ni reinterpretación simbólica, pero la acción fluyó con naturalidad. Todos los intérpretes mostraron buenas dotes actorales, lo que permitió que el humor se desenvolviera con espontaneidad. En una obra que vive del equilibrio entre ligereza y ternura, la sobriedad escénica puede convertirse en virtud.

La ovación final fue absoluta. El público salió con esa sensación difícil de describir, pero fácil de reconocer: cuando la música, sin estridencias ni artificios, logra tocar algo verdadero. No fue una revolución estética, pero sí una función sólida, elegante y vocalmente brillante. En una noche consagrada al amor, Donizetti ofreció su mejor medicina: un elixir que, más que embriagar, devuelve a la escena y a la sala una luminosa conciencia de vida.

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