
©Foto de Dolores Iglesias Fernández/Archivo Fundación Juan March
Lugar: Fundación Juan March (Madrid)
Formato: Concierto de piano
Intérpretes: Paul Lewis (piano)
Fecha: 19 de febrero de 2025
Obras de Franz Schubert
Por: Alessandro Pierozzi
Reunir en una serie de cuatro conciertos, diez de las sonatas de Schubert, compuestas en su última década, entre 1817 y 1828, no es tarea menor. Y esto ha sucedido, en formato Festival, en la sede de la importante institución cultural de la C/Castelló en Madrid durante la última semana del mes de febrero. El protagonista indicado para ello, un pianista excepcional: Paul Lewis. Franz Schubert (1797-1828) fue (es) un compositor grande, muy grande. Quizás si no hubiera fallecido a tan temprana edad, hubiera surcado cielos más inmensos de los que transitó en su corta vida (apenas 31 años). Es un músico que parece siempre mostrarse en una especie de segundo plano respecto a otro genio que vivió en la misma época, en la misma ciudad y en el mismo momento: Beethoven. Pero cuando suenan las notas de sus sonatas para piano, toda posible comparación se disipa en el imaginario y en los gustos de cada uno de los oyentes.
La primera cita con Paul Lewis y con Franz Schubert se presentó como una verdadera experimentación y el resultado no pudo ser mejor. Un concierto que girando en torno al piano como, según rezaba el título, un “laboratorio”, permitió un repertorio, como en palabras de Miguel Ángel Marín en el programa de mano, para “contemplar las dinámicas compositivas en sus etapas creativas: las Sonatas D568 y D537 en la explosión sonatística de 1817 –año muy prolífico–; la Danza Húngara D817, de 1824, con el camino de transición hacia la madurez y la Sonata D959, compuesta en 1828, enmarcada en el periodo final con resultados singulares y únicos”.

©Foto de Dolores Iglesias Fernández/Archivo Fundación Juan March
Con su seriedad y academicismo, no exento de sensibilidad y claridad, Lewis se siente cómodo, muy cómodo interpretando este repertorio. Se nota que lo ha tocado mucho y muy bien, y que sus grabaciones son también siempre fieles a lo que el músico de Viena quiso inmortalizar con su teclado. Claridad en las voces, técnica depurada en ambas manos –la izquierda mostró una sensibilidad y una intensidad supinas–, melodías contemplativas y embrujadas, una construcción armónica que nos adelanta a un romanticismo místico y unas estructuras muy personales, como en el caso de la Sonata D537 que se nos presenta sin el habitual Minuetto o la reutilización del movimiento lento de esta en el rondó final de la Sonata D959, compuesta años más tarde. Todo ello lo pintó con colores contrastantes, brillantes y tenues, con pasión pimpante y dramática, transmitiendo en todo momento la idea de los dos mensajes, de la Danza Húngara al Andantino maravilloso de la Sonata nº 20 –destacar que no se oyó ni una tos del público durante su interpretación que dejó al patio de butacas anestesiado por su belleza–, del Allegro vivace de la Sonata nº 4 al Andante de la Sonata nº 7.
Seriedad británica, una escenografía en la que su soledad con el piano se agrandaba –con silla de respaldo, camisa y pantalón negro– y pianismo de altos quilates: un Schubert “made in Paul Lewis”.
