Un holandés «errado»

Nov 24, 2025

Lugar: Auditorio de Tenerife, Sala Sinfónica.
Evento: Temporada de Ópera de Tenerife.
Obra: El holandés errante, ópera de Richard Wagner.
Artistas: Anton Keremidtchiev (El holandés), Ángeles Blancas (Senta), Vazgen Gazaryan (Daland), Airam Hernández (Erik), Guadalupe Barrientos (Mary), Joan Laínez (Timonel). Dirección musical: Guillermo García Calvo. Orquesta Sinfónica de Tenerife. Dirección de escena: Marcelo Lombardero. Escenografía y multimedia: Noelia González. Vestuario: Luciana Gutman. Iluminación: José Luis Fiorruccio. Vídeo: Giselle Hauscarriaga. Coro Ópera de Tenerife–Intermezzo, dirección de Miguel Ángel Arqued.
Fecha: 22 de noviembre de 2025.

Autor: Pablo Jerez

© Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto

El holandés errante volvió a sonar en su última representación en la Sala Sinfónica con una respuesta cálida del público -sin la explosión de otras ocasiones- y una lectura musical de gran categoría. Desde el foso, Guillermo García Calvo dirigió con una seguridad que pocas veces se escucha en Wagner en España. Es el mejor concertante en repertorio alemán en nuestro país junto a Heras-Casado. No hay discusión. Y lo demostró con creces en la función del sábado. Hay en su gesto una claridad que ordena la partitura sin restarle impulso, y eso se notó en cómo respiró la orquesta. Los vientos, especialmente, firmaron una noche memorable: luminosos, tensos cuando hacía falta y siempre con una precisión que sostiene la arquitectura romántica de este título temprano del compositor de Leipzig.

La Sinfónica de Tenerife ofreció un sonido compacto, casi orgánico, que favorecía la progresión dramática. La cuerda mantuvo un equilibrio muy bien medido, sin espesarse en los tutti ni perder filo en los pasajes más expuestos. El Coro Titular Ópera de Tenerife–Intermezzo respondió con su solvencia habitual, aunque el efecto del coro fuera de escena amplificado por altavoces no terminó de funcionar. En un espacio tan grande, esa intervención se percibe algo ajena, como si no terminara de integrarse en la resonancia natural de la sala.

Entre las voces, el bajo Vazgen Gazaryan fue uno de los puntos altos de la función. Su Daland avanzó con aplomo, timbre claro y un fraseo que sostuvo siempre el peso del personaje. Anton Keremidtchiev, por su parte, brindó un Holandés de nobleza vocal, aunque limitado por una escenografía que lo dejó prácticamente sin evolución dramática. Airam Hernández aportó una frescura escénica muy necesaria: su Erik, aunque pensado para una vocalidad algo más robusta que la suya, tuvo convicción, presencia y una sinceridad expresiva que destacaba en una propuesta bastante contenida.

La noche no favoreció a Ángeles Blancas. La soprano tuvo dificultades en los agudos y su Senta quedó en un plano demasiado rígido. La dirección escénica, que la mantuvo prácticamente anclada al retrato del Holandés, no le permitió construir matices ni generar tensión emocional. Ese estatismo afectó también al gran dúo: faltó roce, humanidad, un gesto que insinuara la chispa que mueve la historia.

La puesta en escena de Marcelo Lombardero apostaba por una lectura centrada en la opresión patriarcal del entorno de Senta, una idea pertinente, pero que aquí se trasladó a una gestualidad mínima y un movimiento escaso. El resultado fue una escena contenida hasta el extremo, donde apenas surgían fricciones dramáticas. La historia pide un pulso emocional que vaya más allá de la imagen fija, y esa energía, simplemente, no apareció.

La escenografía, reconstruida en tiempo récord tras el problema con el envío desde Chile, funcionó mejor de lo que cabría esperar dadas las circunstancias. La iluminación y el vídeo ayudaron a crear un ambiente frío y opresivo, coherente con el enfoque general. Pese a los límites de la puesta en escena, la producción salió adelante gracias al nivel musical: orquesta, coro y un director en estado de gracia que sostuvieron la función con un Wagner sólido y muy bien dibujado desde el foso.

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