
Foto de: Rafa Martín y OCNE
Lugar: Auditorio Nacional (Madrid)
Formato: Concierto sinfónico
Programa: Obras de Prokofiev, Beethoven, Hindemith y Ravel
Intérpretes: Joana Mallwitz (directora), Francesco Piemontesi (piano), Orquesta Nacional de España
Fecha: 19 de octubre de 2024.
Por: Alessandro Pierozzi
Cuando a las puertas del Auditorio Nacional se agolpa la gente para acceder a sus localidades (lleno total) y se ven caras de expectación es que la oferta que se presenta, a priori, es cuanto menos interesante. Y así fue. El cuarto concierto de la ONE en esta temporada 24/25 respondió plenamente a dicha previa basándose en cuatro pilares fundamentales.
El primero de ellos, el programa: bien hilado en su línea argumental. Vivimos tiempos convulsos en el mundo y nuestras sociedades se debaten entre la incertidumbre y la esperanza, entre la sinrazón y la libertad (la de verdad). Eso es evidente. Lamentablemente es un tema recurrente a lo largo de la historia en la que los artistas, con su capacidad de observación y espíritu crítico, siempre han tenido algo que decir(nos). Bajo esa dicotomía vital y con el título de “Guerra y libertad” presentó su programa la OCNE, abriendo con la Obertura de Guerra y paz, op.91, ópera en la que Prokófiev, homenajeando la novela homónima de Tosltói, muestra su independencia creativa ante el mensaje propagandístico del poder soviético durante la invasión de la URSS por parte de los nazis. Le siguió el Concierto nº 5 para piano y orquesta, op.73, “Emperador” de Beethoven, compuesto durante los bombardeos de Viena por parte de los ejércitos de Napoléon. Un Beethoven marcial, encogido por el dolor y la melancolía, y en el que el piano pasará a ser el elemento determinante en la difusión de un mensaje de rabia contra la barbarie. La tercera propuesta llegó de la mano de un modernista Hindemith, con su Sinfonía Matías el pintor, creada bajo la censura del nazismo que el músico combatió desde sus postulados democráticos y de independencia creativa. Y, por último, La Valse de Ravel, pensada como homenaje a la alegría del vals, pero que no vio la luz hasta pasada la Guerra Mundial, lo que cambió el dilema del compositor para pasar, “caricaturizando” la idea, a mostrar su rechazo a tiempos mejores pasados.
El segundo pilar se centra en el buen momento de forma de la Orquesta Nacional de España. Desde hace unos años, abordando el lógico desarrollo intergeneracional de su plantilla, viene mostrando con empaque unos “brotes verdes” en la calidad de sus interpretaciones y sonoridades. Desde la frescura y linealidad en la Obertura de Prokofiev al buen desarrollo en el “cara a cara” solista-orquesta del Concierto de Beethoven, pasando por la voluptuosidad y manejo de la paleta de colores orquestales de Hindemith y Ravel, el conjunto arrancó los lógicos bravo del público.

Foto de: Rafa Martín y OCNE
Y, parte de ese resultado –tercera pata del análisis–, se debe cargar también en la mochila de la directora invitada: la alemana Joana Mallwitz. Los vientos favorables que impulsan su carrera y que acompañaban mediáticamente su llegada a Madrid, confirmaron la luminosidad, frescor y sabiduría que hay en su batuta. En todo momento mostró un saber estar muy germánico, clarividencia en su estilo (centrado en sacar petróleo en los matices y voces), y un magnífico conocimiento de las obras. Al mismo tiempo transmitió con lenguaje visual y corpóreo una cercanía y complicidad nada desdeñables hacia los músicos con movimientos casi dancísticos (La Valse), con pasión quasi cinematográfica en la obra de Hindemith y con generosidad hacia el solista en el Concierto para piano, lo que permitió el lucimiento del conjunto y del pianista en los momentos de mayor transversalidad. Una muy grata sorpresa.

Foto de: Rafa Martín y OCNE
Y dejo para el final a Francesco Piemontesi, excelente pianista suizo que mostró un toque vivo, cristalino, elegante y auténtico en el tan manido y complejo Concierto “Emperador” de Beethoven. Su capacidad técnica es indiscutible con un sonido incipiente que le permite disfrutar en el escenario y vivir con pasión la partitura, metiéndose en el papel beethoviano. Tanto en el Allegro como en el Rondó el propio impulso artístico, tan personal y dinámico, fue determinante para llegar a momentos en los que el Steinway parecía volar, con mucha claridad y fuerza en los temas y apoyos en ambas manos y gran manejo de los pedales, para contarnos una historia a modo de cajita de música, como si se tratara de un joyero que al abrirlo muestra sus joyas sin disimulo (las notas del genio alemán). En el debe, quizás faltaron algunos contrastes y matices –pianísimos y ritardandos más acentuados– en el Adagio (una de las más bellas páginas para piano y orquesta jamás escrita), pero la ovación fue tan cerrada que regaló un bis de referencia, el Impromptu nº 3, op.899 de Schubert, en el que se gustó, disfrutó y puso a los presentes, –por fin sin una tos en la sala–, a meditar en un silencio esperanzador.
