La Sylphide: entre lo terrenal y lo etéreo

Dic 16, 2024

La Sylphide: entre lo terrenal y lo etéreo

Foto: Alba Muriel – Compañía Nacional de Danza

Lugar: Teatro de la Zarzuela (Madrid)
Formato: Ballet
Programa: La Sylphide
Intérpretes: Compañía Nacional de Danza
Fecha: 11 de diciembre de 2024. Ensayo general

Por: Alessandro Pierozzi

En el siempre maravilloso y acogedor escenario del Teatro de la Zarzuela de Madrid, se ha presentado, por parte de la Compañía Nacional de Danza, la reposición de la producción de La Sylphide, estrenada en 2023 durante la etapa de Joaquín de Luz como director artístico. En esta ocasión, con una nueva titular, Muriel Romero, y su equipo al frente del conjunto nacional, así como con un plantel muy renovado e ilusionante (ilusionado) tras una situación a la que se llegó por “imperativo legal”, lo que siempre conlleva adosada, inevitablemente, una dosis de zozobra e inestabilidad para todo comienzo –la losa de la Administración no aprende: sigue mostrándose machacona y reiterativa–.

Por todo ello, aparece como muy acertada la decisión de esta nueva dirección de no romper de golpe con la línea anterior –repitiendo, incluso, un clásico que, seamos sinceros, no es que sea el título más deslumbrante del repertorio, aunque no deje de mostrar sus momentos de belleza y dificultad–, creando así una especie de cordón umbilical para amortiguar los probables “cambios 180º” y que todos los elementos (humanos, laborales, artísticos…) se armonicen para que las piezas se ensamblen, poco a poco, con y hacia las nuevas ideas, propuestas y directrices. Y esto se ha conseguido con éxito.

El estilo Bournonville es “blanco y en botella”: inconfundible, innato, innegociable. El bailarín, maestro, coreógrafo y director danés marcó y sigue marcando un estilo que llevó a la creación de una verdadera escuela, que podríamos denominar “autóctona”, a pesar de la clara influencia francesa de maestros como Noverre, Vestris o Gardel, dejando para la posteridad unos tesoros repletos de tradición, originalidad y gusto. En total, coreografió unos cincuenta ballets completos, además de divertimentos, ballets para óperas, y un importante “corpus” musical para sus principios metodológicos y pedagógicos.

La Sylphide es una coreografía creada en 1836 para el Royal Danish Ballet y su estrella Lucile Grahn, con música de Hermann Severin Løvenskiold, músico noruego afincado en Dinamarca. Para diferenciarla de la primera versión, creada y estrenada en París por Filippo Taglioni en 1832, Bournonville tituló su coreografía La Sylphide y el Escocés. Una historia de amor imposible entre un espíritu (Sílfide) y un apuesto muchacho (James), al más puro estilo de los ballets románticos en los que se muestra la dualidad entre lo terrenal y lo etéreo, entre la realidad y la fantasía.

Foto de Kazuo ota en Unsplash

Foto: Alba Muriel – Compañía Nacional de Danza

Tanto los solistas como el cuerpo de baile de la Compañía Nacional mostraron, en general, un trabajo de conjunto más que interesante. En al aspecto técnico parecieron adaptarse bastante bien al diccionario del maestro danés: saltos y batería, contratiempos y entrepasos ligados a pasos principales, calidad de líneas, buena (pre)disposición técnica en colocación de pies y brazos y, por último, respeto y sentimiento en el aspecto interpretativo, en un ballet con un alto predominio de la pantomima que permite explicar con claridad el desarrollo dramático de la acción. En el aspecto individual, la pareja de principales Giada Rossi (La Sílfide) y Yanier Gómez Noda (James), sobre todo este último, mostraron una técnica muy correcta, así como elegancia y suavidad en su interpretación y movimientos. Como contrapeso dramático a la acción principal, destacaron Marina Giuffrida (como Effie) y Felipe Domingos como Gurn quienes mostraron sensibilidad y naturalidad (espontaneidad) en sus respectivos cometidos. Igualmente destacable la actuación de Irene Ureña en el papel de Madge, la bruja-hechicera que se convierte en el auténtico personaje omnisciente de la trama. 

La producción muestra en todo momento un elegante y fresco diseño de vestuario, escenografía e iluminación, así como una dirección musical, a cargo de Daniel Capps al frente de la ORCAM, diáfana y acompasada en su dicción ante una partitura, también, muy del estilo “Bournonville”, ya que el propio maestro participaba en el desarrollo de las composiciones musicales, como en este caso que fue añadiendo o cambiando momentos concretos con la participación, incluso, de otros compositores como en el famosísimo divertimento del segundo acto.

Los tiempos irán dictando el devenir de la Compañía en esta su nueva etapa. Siempre que se programa danza y, en concreto, danza clásica, siempre es un regalo más que bienvenido. Disfrutémoslo como un auténtico presente de Navidad (crear, quizás, una tradición de Cascanueces en la programación no sería una idea descabellada para atraer más público y ampliar los horizontes del ballet) y alegrémonos que, por lo menos, siga una compañía nacional de danza clásica porque las carencias en este campo de las artes españolas son, lamentablemente, más que evidentes.

Foto de Kazuo ota en Unsplash

Foto: Alba Muriel – Compañía Nacional de Danza

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