
© Sergi Panizo Archivo: Gran Teatre del Liceu
Lugar: Gran Teatre del Liceu
Fecha: 21 de enero 2025
Evento: La Traviata, de Giuseppe Verdi
Artistas: Ruth Iniesta, soprano. Xabier Anduaga, tenor. Mattia Olivieri, barítono. Gemma Coma-Alabert, mezzosoprano. Dirección musical: Giacomo Sagripanti. Dirección de escena: David McVicar, reposición. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu.
Autor: Albert Mena
Sólida Traviata la que presenta el segundo cast estos días en el Gran Teatre del Liceu, con la conocida producción de McVicar y con un par de voces para recordar la magia de la ópera. El relato empieza con una breve escena en el Preludio, donde se ve a Alfredo Germont después de la muerte de la protagonista, Violetta Valery. La ópera termina con la muerte de ésta, y el hilo conductor entre inicio y fin son los incontables sentimientos, la esperanza, la humanidad que cada personaje oculta bajo las leyes, reglas y conductas del contexto histórico.
Ruth Iniesta llenó de humanidad momentos cruciales de la ópera, como su despedida de Alfredo en el segundo acto, y llenó de magia, profundidad y dolor su última frase: “Oh gioia!”. La voz de la soprano mostró en ocasiones una cierta oscilación, capaz de enturbiar a veces su timbre. Mejoró, pero, a medida que avanzaba la función. Los agudos fueron fuertes, llenos de metal y con un punto estridente al inicio. Los graves sonaron con mucha menos rotundidad, y algunas veces las medias voces caían y perdían volumen. Eso sí: la interpretación del papel estaba estudiada y Iniesta encontró un equilibrio entre expresividad y recursos, algo que no todas las sopranos actuales poseen.

© Sergi Panizo Archivo: Gran Teatre del Liceu
A su lado, Xabier Anduaga alcanzó un grado superlativo como Alfredo en su cabaletta del 2º acto, “Oh mio rimorso!… Oh infamia…”. Ojalá hubiera grabación de la velada, ya que el joven tenor demostró un rigor y capacidad técnica de calidad histórica, con un dominio del estilo prodigioso. Velocidad, agilidades, fraseo heroico… todo cayó en su sitio. En las escenas es donde más se puede ver una cierta rigidez, en la que Anduaga está todavía desarrollando su lectura y su capacidad artística se pone contra las cuerdas. Aun así, su voz broncínea, oscura y cálida, es agradable y de calidad. En los graves suena quizá con un matiz algo más artificial. También se mostró atento con los demás miembros del reparto en cuestiones de volumen.
Mattia Olivieri creó un Giorgio Germont de grandes consonantes y dicción. Cantó legato pero sin demasiada elegancia. Se mostraron alguna tendencia a engolar, aunque su entrega fue consistente y no creó distracciones innecesarias en ese sentido. Hubo algún par de desajustes con la dirección orquestal pero que se resolvieron con rapidez.
La orquesta y el coro del Liceu fueron cumplidores, así como también lo fue la larga lista de comprimarios. El maestro, Giacomo Sagripanti, contó con menos músicos en esta función que en la noche del estreno, lo que ayudó a otorgar a la velada un sonido más ligero, casi historicista, que priorizaba grandes golpes de efecto orquestales, con aceleraciones y un sonido casi marcial en los tutti. Se hubiera agradecido, pero, algo más de rigor en las secciones más lentas.
La producción brilló por la exquisita escenografía, vestuario e iluminación, que contribuyó a caracterizar la negrura de la historia, así como el contexto cargado de dolor en el que, a pesar de todo, se sigue teniendo y creyendo en la esperanza.

© Sergi Panizo Archivo: Gran Teatre del Liceu
