Pioneras y exiliadas: la orquesta nacional teje un puente sonoro entre España y México

Feb 22, 2026

Lugar: Auditorio Nacional de Música, Madrid.
Evento: Concierto 1, Festival Focus 2026. “Pioneras y exiliadas. Diálogos musicales con Latinoamérica.”
Programa: Suite para orquesta de Rosa García Ascot, Sinfonía Cantábile de María Teresa Prieto, Sinfonía India de Carlos Chávez, Redes (Suite) de Silvestre Revueltas, Antrópolis de Gabriela Ortiz y Huapango de José Pablo Moncayo. 
Intérpretes: Orquesta Nacional de España. Director: Carlos Miguel Prieto.
Fecha:13/02/2026.

Por: Isabel Gracia Bernad.

© José Luis Pindado / OCNE

El viernes 13 de febrero se inauguró el Festival Focus 2026, con un concierto de la Orquesta Nacional de España dirigido por Carlos Miguel Prieto. La velada comenzó con la proyección de imágenes de la Ciudad de México en 1935 y la lectura de reflexiones sobre el exilio, para dar paso a la Suite para orquesta de Rosa García Ascot (1931).

Desde los primeros compases destacó la calidad de las maderas, cuyo refinado diálogo con las violas reveló una sonoridad expresiva, sostenida por una clara dirección. Los dos primeros movimientos, fieles al lenguaje de Ascot, contrastaron con el carácter más clásico del Rondó final, donde brilló la elegancia de las trompas y la exploración tímbrica del siglo XX evidenció la solidez técnica de la orquesta. Hacia el final, la afinación de los trombones mostró cierta inestabilidad, aunque el conjunto logró recuperarse para cerrar con firmeza, resaltando los acentos de inspiración folklórica de la compositora.

A continuación, se interpretó la esperada Sinfonía cantábile de María Teresa Prieto, tía abuela del director, circunstancia que otorgó un carácter profundamente emotivo a la noche, tal como reflejaron las palabras del maestro, quien reivindicó la necesidad de revertir la escasa presencia de la autora en las programaciones actuales.

La sinfonía, de lenguaje ecléctico, destacó en el empleo de melodías de raíz popular sostenidas por un sólido control dinámico y una textura contrapuntística equilibrada. Los frecuentes cambios de compás fueron resueltos con precisión; no obstante, en el segundo movimiento la línea melódica tendió a diluirse, sumado a puntuales desajustes en los metales. Pese a ello, el conjunto recuperó solidez en los dos últimos movimientos mediante un fraseo expresivo y riqueza tímbrica. La obra concluyó con un final inesperado pero firme, que condujo a la Sinfonía India de Carlos Chávez, precedida por una explicación sobre los instrumentos prehispánicos utilizados que no debería faltar en ninguna de las programaciones de la obra.

La Sinfonía india de Carlos Chávez no alcanzó un carácter plenamente mexicano debido a problemas de afinación, debilidad del clarinete requinto y escasa cohesión entre cuerdas. Pese a ello, destacó la musicalidad de los vientos, especialmente pícolo, clarinete y los diálogos entre metales y violas, y el énfasis en la percusión, que aportó color, energía y claridad textural. El teponaztli resultó notable por su precisión en los cambios de compás. Al cierre, pese a la clara indicación del director, algunos músicos concluyeron en momentos marcadamente distintos. Tras una pausa, se prosiguió con Redes, de Silvestre Revueltas.

La obra de Silvestre Revueltas sorprendió favorablemente por la notable mejora en la definición del carácter nacional y el sólido entendimiento del discurso musical, evidente en el diálogo entre violas y flauta y en el pulcro fraseo de los violines sostenido por el ostinato de violas y violonchelos. Volvió a destacar la eficacia de la percusión, especialmente del teponaztli, cuya presencia contribuyó a reforzar la homogeneidad de los violines hacia el carácter solemne del pasaje fúnebre. Aunque este movimiento presentó desajustes (exceso de intensidad del pícolo y entradas inseguras en trompas), quedaron compensados por el claro entendimiento del lenguaje folklórico de Revueltas, manifestado en el fraseo y la consistencia del arco en violonchelos y violines. Ello condujo a un final apoteósico en el que las indicaciones de Prieto fueron seguidas con absoluta precisión.

Tras Revueltas, se interpretó Antrópolis de Gabriela Ortiz, inspirada en la vida nocturna de la Ciudad de México y sus ritmos latinos. El timbalero fue el protagonista, impulsando a la percusión con claves, congas y güiro que sostuvieron el ritmo de cumbia. Pese a echarse en falta mayor énfasis rítmico en el metal, la sólida respuesta musical, apoyada por timbales, un destacado solo de clarinete y una rítmica articulada, superó cualquier decaimiento. El clima festivo llevó al director a invitar al público a contar hasta ocho, culminando en un unísono «¡mambo!». La obra concluyó con pizzicati Bartók en contrabajos y ágil proyección de trompas y pícolo, evocando vívida y festivamente el ambiente nocturno mexicano.

Como no podía ser de otra forma, la velada concluyó con el Huapango de Moncayo. Sin embargo, la interpretación mostró fisuras: afinación deficiente en metales, escaso entendimiento de la esencia del huapango (con pasajes que retrocedían al romanticismo vienés), vibrato excesivo del oboe e irregularidades rítmicas del arpa. Pese a estos deslices, hubo destellos redentores: la impecable precisión del güiro, el fraseo aterciopelado de la trompeta con sordina y, sobre todo, la enérgica exigencia del director, que empujó a la orquesta a cerrar el concierto con un broche de emoción y excelencia.

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