Lugar: Teatro de la Zarzuela
Evento: Ópera
Programa: Pepita Jiménez de Isaac Albéniz
Intérpretes: Ángeles Blancas, soprano; Antoni Lliteres, tenor; Cristina Faus, mezzosoprano; Rodrigo Esteves, barítono; Rubén Amoretti, bajo; Pablo López, barítono. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Orquetsa de la Comunidad de Madrid. Coro Titular Teatro de la Zarzuela (dirección Antonio Fauró)
Fecha: 17 de octubre de 2025
Por: Alessandro Pierozzi
«Escribir una ópera en España es como poner una fábrica de congeladores en el Polo Norte». Esta afirmación de Pablo Sorozábal, tras el estreno en 1964, en el Teatro de la Zarzuela, de su revisión de Pepita Jiménez –que él mismo dirigió con Pilar Lorengar y Alfredo Kraus como protagonistas– podría ser el título perfecto –un poco largo, quizás– para resumir la sensación con la que salió quien suscribe esta crítica.
Presentar un título con las connotaciones que conlleva la dramaturgia de Juan Valera y la partitura de Albéniz –con toda la evolución de traducciones y arreglos– no es tarea baladí y es sinónimo de riesgo. Y afirmo con intención lo del riesgo porque no es una obra nada sencilla, es alambicada, es profunda, y diría que hasta experimental en muchos de sus planteamientos. La producción de 2025, presentada en La Zarzuela bajo la dirección escénica de Giancarlo del Monaco y musical de Guillermo García Calvo es en palabras del propio del Monaco «una historia bañada, impregnada de una fuerza extrema que sería imposible sacar adelante si no contáramos con muy buenos intérpretes para armarla y transmitirla como su espíritu dramático y sobrecogedor exige. Y por fortuna, los tenemos».
Palabras certeras para la representación que se vivió en la calurosa noche de este octubre madrileño. Tras un comienzo algo titubeante en el que parecía que el tren descarrilaría por un claro desajuste a la hora de nivelar la sonoridad de la orquestación
frente a las voces –apenas se distinguieron los diálogos cantados de los primeros cuadros al ser superados en todo momento por el brillo orquestal, creando cierta confusión general– todo empezó a fluir mejor tras el aria del primer acto de Pepita, símbolo de empoderamiento y pasión, interpretada por una magnífica Ángeles Blanca con su voz clara e intensa y una gran carga emocional en lo interpretativo. Uno de los momentos álgidos de la noche, junto al dúo posterior con el vicario, interpretado por un Rubén Amoretti siempre impecable y nítido en su fraseo e impostación. Como así lo fue el aria del tercer acto de Luis de Vargas, el seminarista, interpretado por Antoni Lliteres, tenor lírico de voz cálida e impostada, muy adaptada a este tipo de papel, aunque en lo expresivo le faltara, quizás, un grado más de intensidad, sobre todo en la escena final del encuentro trágico con la joven viuda. También cabe destacar el papel de Antoñona, la alcahueta, la «Celestina» de Valera, con una Cristina Faus a un alto nivel. Todos ellos llevaron a buen puerto unas líneas melódicas albenicianas con claras influencias inglesas –recordemos su etapa en Londres bajo el paraguas del mecenas George Bernard Shaw– y de la ópera centroeuropea, pero con los debidos tintes españoles, tan intrínsecos de la música del genio gerundense. Una impresión que se reafirma en los preludios que anteceden a los tres actos –dos en la partitura original de Albéniz que fueron retocados por Sorozábal–, tres momentos de gran lirismo dentro de la obra. Opino que de los más emocionantes, ya que sale a relucir toda el estilo y la belleza de la música de este gran compositor y que confirma, una vez más, la contraposición a esa idea equivocada de que Albéniz fue eminente para el piano, pero no para orquestar: nada más lejos de la realidad.
La dirección de Guillermo García Calvo desde el atril fue de menos a más consiguiendo llevar a buen puerto un barco difícil de dominar, con una Orquesta de la Comunidad y un Coro titular del teatro en gran forma. Interesante la escenografía, diseñada por Daniel Bianco, basada en una estructura metálica giratoria casi a modo de corrala futurista, en los que los personajes son a la vez observadores y observados, son protagonistas y público que actúan y contemplan al mismo tiempo una historia de amor pasional, prohibida, trágica. La historia de una mujer enamorada, que no tiene miedo a expresar sus deseos hacia la persona que no es la correcta por las convenciones sociales, pero a la que ama profundamente. Un amor despiadado que la llevará hasta la muerte.
