Yerma o la apoteosis de Berna Perles

Oct 24, 2025

Lugar: Auditorio de Tenerife
Evento: Temporada de Ópera de Tenerife
Artistas: Yerma: Berna Perles. Juan: Alejandro Roy. Víctor: Javier Castañeda. María: Anna Gomà. Dolores: María José Montiel.
Dirección de escena, dramaturgia y escenografía: Paco Azorín. Vestuario: Ana Garay. Iluminación: Pedro Yagüe. Orquesta
Sinfónica de Tenerife: Luiz Fernando Malheiro, director.
Fecha: 18 de octubre de 2025
Obra: Yerma, ópera en tres actos, de Heitor Villa-Lobos

Autor: Pablo Jerez

©Auditorio de Tenerife/Miguel Barreto.

La recuperación de Yerma en Tenerife se ha recibido casi como un acto de justicia poética: no parece un estreno más, sino la sensación de que por fin esta partitura ha encontrado un espacio que la mire de frente. Hay algo áspero en ella, algo que no busca el aplauso fácil, y quizá por eso impresiona desde el primer momento. No es una ópera que “acompañe”, sino que confronta. Y eso se percibe en las más de mil butacas del Auditorio de Tenerife: el público escucha más hacia dentro que hacia afuera.

Berna Perles carga con un papel que realmente no da tregua. Es uno de esos roles sin recompensa inmediata, como una Elektra straussiana, sin lucimiento vocal clásico, y eso se nota en la tensión dramática que atraviesa toda la función. El problema es que en demasiados pasajes la orquesta la tapa literalmente, y no porque ella no cante a plena voz, sino porque el foso se expande a un volumen que la obliga a pelear por ser oída. Ella está ahí, entregada, pero el equilibrio no la acompaña y da cierta pena porque el trabajo actoral es muy sólido. Diría, incluso, abrumador. 

El reparto masculino ayuda a que esa lucha interior de Yerma se lea con claridad: Javier Castañeda como el hombre-deseo y casi espejismo, aporta luz y ternura donde nada florece; y Alejandro Roy, quien encarna a un Juan duro, seco, casi pétreo, que hace perfectamente comprensible el ahogo emocional del personaje. El coro funciona muy bien, y además en esta puesta se convierte casi en un paisaje social líquido, que fluye o se retira como el agua: no espectador, sino presión ambiental.

Y aquí está quizá lo más logrado de la propuesta: el uso del agua, no como efecto, sino como herida. Siempre cerca y siempre fuera del alcance. Paco Azorín construye una escena que respira desde esa falta: la tierra sedienta, lo que no llega, lo que se supone que vendría con la vida y no viene nunca. Si la Sinfónica de Tenerife, dirigida por Luiz Fernando Malheiro, hubiera contenido un poco esa densidad sonora, habría habido todavía más verdad. Pero incluso con ese desequilibrio, la función deja un poso raro y hondo, de los que permanecen un rato largo después de salir del teatro.

Por cierto, jamás había escuchado ovación tan sonora y rotunda en la Ópera de Tenerife como la que recibió la Perles. Y créanme que hace muchos años que asisto. Por algo habrá sido.

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