CICLO “FRENTE AL MAR”: Programa 5

Foto: Pablo Valero – OFM
Lugar: Auditorio Edgar Neville (Málaga)
Formato: Género de concierto/Música sinfónica
Compositor: Nino Rota / Ottorino Respighi
Intérpretes: Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM), Beatriz Fernández (Directora), Salvador Martínez (Contrabajo)
Por: Abraham Quero
En este homenaje al arte italiano, Nino Rota y Ottorino Respighi ofrecen una velada singular comandada por la valenciana Beatriz Fernández Aucejo, una directora insigne en el ámbito nacional que abre fronteras con la Orquesta Sinfónica de San Diego o Berlín. Es destacable la grabación realizada con la París Mozart Orchestra y el reciente debut al frente de la Orquesta Nacional de España, así como las colaboraciones en países como Corea del Sur, México, Inglaterra o Brasil. El Divertimento Concertante para contrabajo y orquesta (1967-1971), estrenado en Nápoles e interpretado por Franco Petracchi, constituye, sin duda, una de las piezas clave de Nino Rota para el repertorio de conciertos para instrumento. De corte neorromántico , su estancia en Philadelphia supondría un factor clave en su carrera artística; la confluencia de la música popular (por influencia de George Gershwin y Aaron Copland), y la incursión en la música cinematográfica, sobre todo por este último, marcaron su estilo compositivo hasta el fin de su carrera en compañía de Federico Fellini. Tal consistencia para esta primera parte del evento fue combatida por Salvador Martínez, también valenciano, quien a su corta edad es conocedor de multitud de premios tanto en territorio nacional como fuera de nuestras fronteras: New York, Cleveland, Suiza, Viena… La Orquesta Joven Europea de Madrid (OJEM), Orquesta Joven Unión Musical de Llíria o la Orquesta del Casino Musical de Godella le aportan una experiencia consabida en el porte del contrabajo y en su ejecución técnica.

Foto: Pablo Valero – OFM
Muy prudente comenzaba la intervención de la directora en una entrada que hacía presagiar desde el principio un itinerario sorpresivo e imprevisible. Clarificadora en el espacio vacío y precavida en los contrastes, se mostró algo huidiza en la alternancia entre el solista y la orquesta. La velada comenzaba algo árida en su conjunto, con un contrabajo quizás precipitado, aunque enérgico, y también algo irreflexivo, pero vibrante. No fue hasta el Aria que todas las partes se ajustaron, confiriendo una recitación notablemente cinematográfica que concurriría hacia un Finale acertado, limando cualquier aspereza suscitada. No solo en la última cadenza sino a lo largo de las intervenciones de Salvador sobre su pódium, es posible observar lo que este intérprete tiene que contar al público: un verdadero discurso que aúna valentía, espectacularidad y una fuerte dosis de interpretación. Fue justo eso lo que terminó de sentenciar con los valses de Domenico Dragonetti, (también italiano), en un agradecido bis, que supuso un deleite para el auditorio.
Los casi cuarenta minutos del programa de Ottorino Respighi ponen en evidencia la trayectoria de una orquesta que denota solera, identidad y versatilidad. Cuatro piezas por suite, cada una de ellas con sus matices, colores y singularidad rítmica. El estudio de la música antigua, principalmente italiana, ocupó gran parte de la vida de Respighi. En Aires y Danzas Antiguas para laúd, aunque basadas en piezas francesas e italianas de los siglos XVI y XVII, hay un minucioso trabajo de instrumentación para la reinterpretación moderna, y este punto es clave para entender el funcionamiento de la obra, en este caso, la Suite nº 1 y 2 (1917 y 1923 respectivamente). Alrededor de sesenta músicos ocuparon el escenario ante una directora, ahora sí, plena y notoriamente destensada. La gesticulación tornaba a ser orgánica, el camino que parecía agreste ahora sería complaciente, encantador, entretenido y lleno de gozo. El flujo de la danza se entremetía entre las secciones, una por una, haciendo resonar cada uno de los instrumentos con una belleza que cautivó al oyente de principio a fin. Momentos evocadores, destellos de luz, halos de esperanza y, al fin y al cabo, una luminosidad que envolvió a los presentes con un colorido casi celestial. Destacable la presencia del arpa y el clave, y muy agradecidos los dúos que salpican una obra plagada de motivos y detalles tímbricos, los cuales insuflan complejidad en la dirección y el empaste. Beatriz, confiada y jovial, supo encauzar un programa que, en sí mismo, encierra una proyección difícil de encajar, pero simpático y fascinante al mismo tiempo.

Foto: Pablo Valero – OFM
