La segunda juventud de Monsieur García…o ¿quizá la primera?

May 4, 2026

Lugar: Teatro de la Zarzuela
Evento: Ópera
Programa: El gitano por amor, de Manuel García
Intérpretes: Sabina Puértolas (Rosita), Juan Antonio Sanabria (Hernando), María José Moreno (Inés), Javier Povedano (Baldaquín), Begoña Gómez (Laura), Pietro Spagnoli (Marqués del Pino). Orquesta de la Comunidad de Madrid bajo la dirección musical de Carlos Aragón. Dirección de escena, Emilio Sagi; Escenografía, Daniel Bianco; Vestuario, Jesús Ruiz; Iluminación, Eduardo Bravo. 
Fecha: 22 de abril de 2026

Autor: Alessandro Pierozzi

El Teatro de la Zarzuela ha sido testigo de un (re)estreno, que tuvo su preámbulo en el proyecto presentado en el Teatro Cervantes por Ópera Estudio de Málaga en 2024 y el Teatro Campoamor de Oviedo, en este 2026. El gitano por amor (1828), con música y libreto de Manuel García, basándose en La gitanilla (1613) de Miguel de Cervantes. Una propuesta que debe ser considerada como novedosa y valorada como necesaria. Novedosa porque se trata de una partitura que ha sido revitalizada tras haber estado doscientos años, primero ensombrecida en un cajón desde que Manuel García se trasladara a París y posteriormente, al fallecer, siendo custodiada en la Biblioteca Nacional de Francia —¡ay, benditas bibliotecas!—. Y necesaria porque ya se sabe que, cuando se «resucita» una obra —una ópera bufa en este caso— no cabría más reacción que la de primero agradecer, luego conocerla y, por último, valorarla —y más tratándose de música española— para salir de esa dinámica repetitiva y facilona de programar siempre lo «menos» arriesgado para el público, la crítica, los gestores…Pero, siendo realistas, cabe afirmar que, en general, estas propuestas se suelen recibir con reservas porque hay miedo de salir de la zona de confort. Hasta que uno lo ve y lo escucha in situ y comprueba que hay mucha «chicha y limoná». 

Y esto sucede con El gitano por amor…que bien podría haberse titulado El amor por una gitana. La historia de Hernando, hijo del marqués del Pino, que se enamora perdidamente de Rosita, una gitana por la que «bebe los vientos», a pesar de que su destino es el de casarse con su prima Inés, y que, tras varios enredos, conseguirá que su «gitanería» triunfe por encima de los intereses y conquiste a Rosita, es el marco ideal para que Manuel García, el artista que llevó su talento como cantante, maestro y empresario por el mundo, confeccione un prêt-à-porter a medida.

Una partitura compleja, enraizada en la más pura tradición belcantista, con muchos retazos, por supuesto, de Rossini —la historia de la música ensalza su interpretación del Conde de Almaviva en Il barbiere di Siviglia—, pero también del Mozart de Las bodas de Fígaro, mirando en todo momento de reojo a la Grand Opéra francesa, pero «repleta —en palabras de Emilio Sagi, director de escena de la producción— de perfume español». Y esa fragancia tan nuestra es la que marca la diferencia. Podría tratarse de una ópera bufa (una más) con su alternancia entre arias y recitativos seccos, su obertura…, pero esos fandangos, polos, boleros o seguidillas… esa tonadilla, ese andalucismo que Manuel García va (re)colocando a lo largo de la trama y el estar escrita íntegramente en lengua española, aportan la frescura y la novedad reseñada al comienzo, anticipando, en cierta medida, a grandes nombres de la música escénica española como Barbieri, Arrieta, Chapí o Bretón. Una ópera dividida en dos actos, con diversas escenas decoradas con brillo y color, con arias, dúos, cuartetos, un magnífico concertante final en forma de septeto o una deliciosa cavatina, entrelazados por los recitativos con acompañamiento de fortepiano que tejen magistralmente el desarrollo de la acción. Un lenguaje musical que muestra a todas luces la calidad de Manuel García en su forma de componer y que se ha puesto de manifiesto en esta producción, gracias a la dirección musical del Maestro Carlos Aragón, la persona que un día recibió la llamada del Maestro Juan de Udaeta —autor de la edición de la partitura para orquesta junto a Enrique Amodeo—, comentándole que había una joya guardada en la Biblioteca Nacional de Francia, titulada El gitano por amor y que merecería mucho la pena sacarla a la luz, a raíz de las maravillosas investigaciones del musicólogo estadounidense James Radomski, quien había abierto la vía hacia el escondite de dicho tesoro. Un auténtico descubrimiento.

En la producción disfrutada en el Teatro de la Zarzuela se transmite un cierto aire minimalista, con una escenografía de Daniel Bianco sobria y efectista en ambos actos, una bonita iluminación de Eduardo Bravo y un vestuario muy logrado por parte de Jesús Ruiz, todos ellos capitaneados por un Emilio Sagi que no deja de crear y aportar siempre algo interesante, algo de lo que la retina guardará en el recuerdo. En cuanto a la dirección musical, el Maestro Carlos Aragón llevó a buen puerto esta compleja partitura, con una Orquesta de la Comunidad de Madrid en formato reducido, siempre a un buen nivel, aunque en los momentos de más ímpetu folclorista, faltara algo de chispa, de ese «ole» en contratiempos y recortes. En cuanto al elenco vocal, la soprano Sabina Puértolas nos mostró una Rosita llena de registros, pasión, intensidad y calidad para sacar adelante una partitura de altura, sin apenas pausas en sus solos y con momentos preciosos como el de «Amado padre» del segundo acto, que estiró el aplauso del público hasta casi conseguir el bis. Su larga y dilatada trayectoria le permitió abordar este papel con el «desparpajo controlado» necesario para una obra de estas características, y así lo reconoció el público del anfiteatro madrileño. También el tenor, Juan Antonio Sanabria, mostró empaque y solvencia, con un bonito registro de tinte belcantista y una más que interesante interpretación a nivel de dramaturgia, ya que vestir la piel de un personaje con las dos caras de la moneda no es nada sencillo. Brillante y emotivo en su aria del primer acto, «¡Hernando desventurado!…». Muy reseñable también la interpretación del barítono Javier Povedano en el papel de Baldaquín, figura del criado fiel y gracioso, que está presente en todos los «fregaos», siendo el apoyo perfecto para las aventuras y desventuras de su señor con Rosita y, al mismo tiempo, el enlace perfecto en muchas de las escenas para que la trama se vaya (des)enredando. Un papel al que complementó el buen hacer de la mezzo Begoña Gómez con un papel menos protagonista, Laura, amiga de Rosita, con momentos de intensidad como el dúo con Baldaquín, Señor mío, yo estoy viendo del primer acto. Por último, cabría destacar la elegante y cristalina voz de María José Moreno en Amor, piadoso Amor al comienzo del acto segundo, una cavatina que ratificó el mensaje claro que el público estaba saboreando…el de una partitura de calidad, que va de menos a más en una constante progresión técnica y estilística.

Por eso, se puede considerar a Monsieur García como un visionario, como un innovador que, desde unos años a esta parte, parece estar viviendo una segunda juventud…o quizá, primera. Gota a gota vamos conociendo, de primera mano, algunas de sus propuestas más destacadas (I tre gobbi, Il califfo di Bagdad, Le cinesi, Un avvertimento ai gelosi….) gracias a las recuperaciones de diferentes artistas, directores e instituciones y es evidente que no se puede negar que D. Manuel del Pópulo Vicente García fue una figura indiscutible, uno de los grandes. Alguien que, sí o sí, debía ser, tarde o temprano, «resucitado» por la cultura española.

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