© Carlos Diaz
La emoción francesa encontró un marco pictórico y profundamente humano en la producción del Teatro Cervantes de Málaga
Lugar: Teatro Cervantes (Málaga)
Evento: Ópera
Programa: Ópera en cuatro actos de Jules Massenet con libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann basado la novela epistolar Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Producción musical Teatro Cervantes de Málaga. Producción escénica Opéra-Théâtre de l’Eurométropole de Metz
Intérpretes: Werther-Ismael Jordi, Charlotte-Rihab Chaieb, Albert Alfonso Mujica, Sophie-Aitana Sanz, El magistrado-Fernando LaTorre, Johann-José Antonio Ariza, Schmidt-Luis Pacetti, Kätchen-Clara Fernández Lozano, Brühlmann-Manuel Sánchez Bello. Orquesta Filarmónica de Málaga, Pueri Cantores Málaga, Dirección musical-Audrey Saint-Gil, Dirección de escena Paul-Émile Fourny, Dirección de la Escolanía Antonio del Pino.
Fecha: 28-30 de noviembre de 2025
Por: Jorge Muñoz Bandera.
La ópera Werther de Jules Massanet se presentó como segundo título de la Temporada Lírica del Teatro Cervantes de Málaga, reafirmando el propósito de ofrecer obras de gran carga emocional dentro del repertorio francés. Tras la apertura con Tristán e Isolda de Wagner, paradigma del Romanticismo germánico, la programación apostó por Werther como continuidad romántica en clave francesa, subrayando la diversidad de lenguajes que conviven en el Romanticismo musical.
La obra se abre con un preludio orquestal que actúa como umbral sonoro hacia la melancolía romántica. La batuta de Audrey Saint-Gil supo conjugar la claridad estilística propia de la tradición francesa con la intensidad expresiva teutona, sosteniendo un tempo maleable y amplias respiraciones que otorgaron al canto una naturalidad orgánica.
En el escenario, la voz de Ismael Jordi se convirtió en hilo conductor de la tragedia. Su Werther fue ejemplo de canto francés estilizado, con timbre penetrante y control respiratorio impecable, capaz de pianísimos flotantes y agudos brillantes nunca forzados. En el aria Pourquoi me réveiller construyó un arco sonoro que iba del legato íntimo al clímax desesperado, conjugando técnica y emoción. Su debut como Werther no fue solo un nuevo rol, sino un hito que lo consolida como uno de los grandes tenores españoles en el repertorio francés.
La Charlotte de Rihab Chaieb mostró una voz homogénea, capaz de transitar de graves aterciopelados a agudos seguros. Su técnica le permitió modular la emisión según el estado emocional del personaje: contención en los dúos iniciales y expansión dramática en el tercer acto. El momento culminante llegó con el Aria de las Cartas, donde desplegó toda la paleta expresiva de su instrumento.
El Albert de Alfonso Mujica aportó contraste dramático con un canto sólido y natural, transmitiendo firmeza en los enfrentamientos y calidez en los pasajes de duda. Aitana Sanz encarnó a Sophie, aportando frescura juvenil y vitalidad en la tragedia.
El resto del elenco (Fernando LaTorre, José Antonio Ariza, Luis Pacetti, Clara Fernández Lozano y Manuel Sánchez Bello) mostró solvencia y cuidado en la dicción, mientras la Escolanía Pueri Cantores, dirigida por Antonio del Pino, añadió frescura tímbrica y afinación precisa.
Uno de los grandes aciertos fue la integración entre canto y orquesta. Saint-Gil mantuvo diálogo atento con los solistas, evitando que la masa sonora ahogara las voces. En los dúos entre Werther y Charlotte, la orquesta se recogió en dinámicas suaves, mientras los momentos de desesperación se apoyaron en crescendi que subrayaron la tensión dramática sin perder equilibrio.
La propuesta escenográfica de Benoît Dugardyn, junto a la iluminación de Patrick Méeüs, construyó un verdadero espacio museístico del Romanticismo. Cada escena se presentó como cuadro sonoro, evocando la pintura romántica: claroscuros de Friedrich, interiores de Winterhalter y atmósferas transformadas en paisajes interiores.
Este Werther no fue únicamente una representación operística, sino una lección de arte canoro y sensibilidad musical. La combinación de voces sólidas y comprometidas, junto con una dirección orquestal dialogante, convirtió la ópera en un verdadero museo: un espacio donde la emoción se expuso como obra de arte, con cada cantante como pieza única y cada gesto musical como pincelada irrepetible.
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