© Esteban Abión
Lugar: Teatro Villamarta (Jerez)
Evento: Ópera
Programa: Don Giovanni, de W. A. Mozart
Intérpretes: Ramiro Maturana, barítono; Rubén Amoretti, bajo; María Rey-Joly, soprano; Berna Perles, soprano; Alba Chantar, soprano; Julián Henao, tenor; Francisco Bermudo, barítono y Julio Nomdedeu, bajo. Orquesta de Córdoba. Coro del Teatro Villamarta. Directora de coro: Marta Benítez. Dirección de escena: Marta Eguilior. Dirección musical: Elena Salvatierra.
Fecha: 30 de mayo de 2026
Por: Alejandro Fernández
El Teatro Villamarta de Jerez clausuraba este fin de semana su temporada lírica con uno de los títulos más insoslayables de W. A. Mozart: Don Giovanni. Esta obra, fruto de la fértil colaboración entre el salzburgués y el libretista Lorenzo da Ponte, no ha abandonado los escenarios desde su exitoso estreno en Praga. Para la ocasión, el coliseo jerezano ha apostado por una producción de la Ópera de Oviedo (2022), con Marta Eguilior al frente de la dirección de escena y la reveladora batuta de Elena Salvatierra en el foso.
Una de las claves para dimensionar esta propuesta radica en la deslocalización de la trama. Conectando con la naturaleza del dramma giocoso, la dirección prescinde del tipismo sevillano para adentrarse en una ensoñación circular donde las pasiones humanas afloran con crueldad. Es un espacio opresor y de una psicología incómoda. Eguilior traspasa las líneas morales para ofrecer un contexto que dialoga con la dualidad del libreto, donde Mozart asigna a cada personaje un color armónico y melódico que retrata su naturaleza sin filtros. Eguilior invita al espectador a trascender la solvencia del texto y la música mediante un espacio escénico sobrio. Aquí, el movimiento converge hacia un punto dramático libre de convenciones: el protagonista aparece despojado de su aura romántica y galante para revelarse como un decidido depredador sexual que no seduce, sino que violenta. En este sentido, un vestuario atrevido y una iluminación meditada constituyen un todo artístico cargado de erotismo, ubicando las conquistas como una sucesión de abusos sin edulcorar. Es una propuesta que puede dañar la sensibilidad del oyente, pero que resulta artísticamente necesaria al retratar a un criminal sin escrúpulos lejos de la complacencia habitual.
En el apartado musical, el Coro del Teatro Villamarta, bajo la dirección de Marta Benítez, ofreció un trabajo elaborado y convincente. Destacaron las cuerdas masculinas, aunque en el número final resultaran inaudibles, detalle que no empañó una emisión compacta que reforzó ese ambiente opresivo de la escena.
Elena Salvatierra demostró una familiaridad con el lenguaje mozartiano que ya vislumbramos en su reciente Requiem. Su dirección fue madura, iluminada y detallista, volcada en facilitar la línea de canto y en desentrañar la psicología de los personajes. Su perfil poliédrico —directora, soprano y pianista— dota a su batuta de una singularidad intelectual muy notable. A sus órdenes, la Orquesta de Córdoba aportó tersura en las cuerdas y claridad en las maderas, manteniendo la coherencia en las dinámicas a pesar de ciertos excesos sonoros en el desenlace de la ópera.
Respecto al elenco solista, cabe destacar el acierto en una selección que contribuyó a la propuesta conceptual sin sacrificar la calidad canora. El Don Giovanni de Ramiro Maturana destacó por la idoneidad de su timbre oscuro, de emisión generosa y ágil en los recitativos. A su lado, el Leporello de Rubén Amoretti ofreció una auténtica lección actoral y de canto, haciendo valer su experiencia en el estreno ovetense de esta producción. María Rey-Joly encarnó una Donna Anna intencionada, mientras que la irresistible madurez de Berna Perles fue otro pilar del éxito, capaz de contrastar la furia y la súplica de Donna Elvira con maestría, especialmente en el terceto con el protagonista. El Don Ottavio de Julián Henao fue un ejemplo de control tímbrico en «Dalla sua pace», en sintonía con la frescura de una Alba Chantar vocalmente iluminada. Completaron el reparto un destacado Francisco Bermudo como Masetto y un Julio Nomdedeu que, como Commendatore, aportó seguridad y una densidad armónica rotunda, exigencia fundamental del papel.
En definitiva, una propuesta que fulminó cualquier apriorismo. No fue una lectura convencional, sino un reto que el Teatro Villamarta superó con solvencia y madurez.
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