© Carlos Díaz / Teatro Cervantes
Compañía: DDC Danza – Daniel Doña
Intérpretes: Daniel y Cristian Martín
Lugar: Teatro Cervantes de Málaga
Producción y composición musical: Carlos Cuenca
Vestuario: Víctor Muro
Fecha: 13 de octubre de 2026
Autor: Sergio García Moreno
Comparar aquel Daniel Doña del Ballet Nacional de España en el 99 con el Daniel Doña que acontece hoy ante el aforo del Teatro Cervantes de Málaga, en el estreno absoluto de Blanco, Sólido, Cristalino, resulta casi imposible. Muchos años han pasado, plagados de vivencias, premios, recompensas y experiencias, adheridos a sus costuras y ademanes. Un Daniel Doña mucho más pausado, saboreando el momento y la libertad de un tiempo al que ha sabido sacar partido; el aplomo y el “he llegado aquí” por quién fui, soy y seré. En él se percibe una visión amplificada de la evolución de la danza, del arraigo y de la influencia de importantes tradiciones que han marcado el camino hasta este preciso instante.
La obra propone una reflexión sobre lo efímero del presente, vivido en el instante y convertido en pretérito que apenas acontece. Una mirada profesional y rigurosamente elaborada desde la técnica que, lejos de quedar circunscrita a los códigos propios de la danza, se adapta para ofrecer al espectador de a pie un discurso completo, inteligible y profundamente sensorial. Todo ello se articula mediante movimientos desnudos, redondos y mecanizados que, bajo un aparente sinsentido, terminan enlazándose con una armonía casi inevitable. El gesto, despojado de artificios, encuentra su lugar en una arquitectura coreográfica donde cada movimiento parece responder a una necesidad interna. Los movimientos divagan ausentes hasta el preciso instante en el que se hacen presentes, y es entonces, cuando ese instante, parece contener la pieza que faltaba para que todo encaje.
Blanco, Sólido, Cristalino marca el ritmo al compás del pulso del no menos azaroso Cristian Martín, quien no solo enriquece la escena, sino que ejecuta movimientos en los que, ocasionalmente, pueden vislumbrarse figuras que recuerdan al gran maestro Granero, con desplazamientos y poses articuladas entre sí y que, de forma individual suman un aire regional y medieval, en ocasiones proyectando un bloqueo de torso continuado. Ambos demuestran una pulcritud meticulosa, ajena e imperceptible, pero patente en cada registro. La pieza posee un lenguaje propio de grandes maestros: una conversación escénica elocuente y, a la vez, sencilla, capaz de servirse de todos los canales sensoriales para conducir al espectador hacia un espacio confortable, limpio y desprovisto de ruido visual. Nada parece reclamar atención de manera gratuita; cada elemento ocupa su lugar y contribuye a la construcción de un universo escénico preciso.
La narrativa es contundente. No necesita metáforas ni eufemismos para hacerse entender. Existe en ella un control cognitivo escrupuloso, una voluntad de precisión que rehúye el despropósito y sitúa al espectador frente a aquello que la obra quiere decir, sin intermediarios innecesarios. La música no deja nada al azar: medida y estudiada, perfuma el teatro sin empalagar y riega de atisbos necesarios el desarrollo de un Blanco, Sólido, Cristalino. El trabajo de producción y composición musical de Carlos Cuenca merece especial consideración: atento, preciso y quirúrgicamente adecuado a la representación, acompaña sin imponerse y sostiene sin condicionar.
La exploración de la intimidad alcanza su máxima expresión en un segundo impacto escénico con Doña y Martín llevando el diálogo corporal hasta sus últimas consecuencias. La réplica, lejos de dejar espacio a la complacencia, interpela, provoca y ofrece una oportunidad para opinar. Ambos sostienen la escena con un nivel ex aequo, y una presencia escénica a la altura de lo que se exige a los grandes maestros. Incombustibles y sin sobresaltos superfluos, juntos convierten la ejecución en un ejercicio de calidad expresiva y personalidad interpretativa. Hay oficio, pero también riesgo; hay dominio, pero no rigidez. Y, sobre todo, existe una complicidad escénica que permite que el movimiento trascienda la mera ejecución técnica para convertirse en discurso.
A conciencia, la sevillana se interpreta con una musicalidad pasmosa y recurrente que conduce a la seguidilla manchega. El violín y el uso del bastón, asociado también a la escuela bolera de la época, marcan el ritmo y acompañan los giros y desplazamientos de la pareja de baile. El sabor a tierra labriega y sombrero de paja acentúa lo que podríamos llamar una variación de uno/intermitente, pues en ellas ha de mostrarse la virtuosidad y el control físico del bailarín y, en esta ambos se alternan en el foco público, cediéndose el protagonismo de manera sutil y ondulante. La contención del torso, contrasta con el dinamismo de los pies y ejecutan un "Bien Parado" fulminante, soberbio, seco y altivo, digno de la elegancia que corresponde hasta el siguiente arranque. El hilo conductor de la obra posee una identidad latente y personal de principio a fin, sesgada a veces por silencios necesarios que iluminan el recuerdo del espectador y hacen recapacitar sobre la intención y el sentido del tiempo.
Entender la danza no es tarea fácil, pero transmitirla de forma clara y concisa se convierte en un proyecto de gran envergadura cuando se deja de pisar en firme y se pierde el rumbo. Aquí, sin embargo, el rumbo permanece. Y lo hace gracias, también, a la capacidad de rodearse de talento. La aportación de Víctor Muro en el vestuario completa una propuesta escénica en la que nada parece estar colocado de manera arbitraria, aunque añoro el colorido que aportaría riqueza a algunas escenas. Blanco, Sólido, Cristalino no ofrece una disonancia ludo-narrativa, sino, más bien, un grito sordo y contundente de coherencia, muy necesaria en estos tiempos en los que la danza se ha desdibujado en múltiples ocasiones. Doña dispone el cebo con calculada precisión al alcance de su presa y se sirve de un sesgo cognitivo minuciosamente estudiado para consumar la captura y, finalmente, ofrecer un fastuoso banquete digno de los más ilustres nobles del Medievo. Quizá por eso resulte imposible pasar de puntillas o guardar silencio ante Blanco, Sólido, Cristalino. Daniel Doña y Cristian Martín han conseguido hacer ruido. Y no cualquier ruido: uno de esos que permanecen cuando el telón ya ha caído, que encuentran eco más allá del escenario y que obligan a volver sobre lo visto.
Se hablará de Blanco, Sólido, Cristalino. Y, probablemente, se hablará durante mucho tiempo.

















