
© Cortesía del Teatro Cervantes
Lugar: Teatro Cervantes de Málaga.
Evento: Danza
Obra: Farruquito en concierto.
Intérpretes: Juan Manuel Fernández Montoya "Farruquito". Guitarra: Manuel Valencia. Voces: Ismael de la Rosa, Manuel de la Nina y Mari Vizarraga. Percusión: Paco Vega.
Fecha: 14 de octubre de 2026.
Por: Sergio García Moreno.
Lo que pasó ayer en el Cervantes no fue un espectáculo de danza ni de baile; más bien, fue una reunión de amigos disfrutando de lo que el flamenco y el ambiente fiestero gitano proporcionan en las atmósferas tradicionales de reunión.
El comienzo sí pudo llevar a pensar que lo que allí se trataba era el baile por derecho, con una entrada plagada de impacto, una métrica ascendente y una velocidad que deja constancia de la capacidad de percusión que Farruquito posee en sus pies: golpes limpios y diferenciados, con una pisada fuerte y segura que te arrastra hacia la tierra y evita el aire en el soniquete. Bailar abajo es el objetivo que todos los principiantes que empiezan en el baile flamenco quieren conseguir y que, en este caso, viene de raza, por su abuelo y, por supuesto, por su madre. Y esto me lleva a querer resaltar, en la portada de cualquier gaceta de renombre, a otra mujer que deja patente su estampa: Mari Vizarraga, con su característica voz afillá. No pudo más que deleitarnos por tangos y bulerías, con una presencia escénica que, manteniendo el quieto, llena el espacio sin límites, imponiendo su presencia sin florituras ni aspavientos y plantando en su escena su voz y su viaje. Hubo un silencio, a mi parecer incómodo. Las musas abandonaron al nieto del Farruco cuando, a capela, de pie y en ausencia de compás, ejecutó algunos golpes descompensados y, a mi entender, carentes de sentido. En poco tiempo, consiguió entrar en calor para ofrecer aquello que se pretendía: esa fiesta improvisada, sin patrón. Así, también consiguió que se entendiera que estas cosas le pasan a cualquiera, sea cual sea su bagaje y venga de donde venga. La estructura de su baile estaba dispuesta con ausencia de marcajes; en su lugar, dirigía el foco hacia las voces de Ismael de la Rosa y Manuel de la Nina, para después rematar el baile contundentemente y como solo él sabe hacerlo. Los pocos marcajes que vimos, pues alguno había, eran sublimes, de loseta de barro y juntas anchas.
Decía su abuelo que en el movimiento de un brazo cabía la historia de una vida entera y que el flamenco no tiene más que transmitir o no transmitir. Y Farruquito, consciente o inconscientemente, transmite y parece nombrar con sus movimientos al de Pozuelo. No sé si a conciencia, pero el Farruco está presente en la soleá de una manera casi palpable. Con pisada firme, aplomo, sin cambios de espacio, con el lenguaje del brazo poco alzado y donde la vista lo vea. Fuertes agarres de chaqueta y giros recortados, juegos chungañís por fiestas y remates amagando alzados y cruces. Y, a veces, con su baile, tira «pa abajo» y provoca un retardo: los arrastra, los dota de peso, con cuerpo y forma, dándoles así historia y raza.
Y ahora te cuento de lo que habló:
Habló de potaje, de talega y de mendrugo de pan. Habló de tradición, de arraigo, de ondas al agua y colas bajas; habló de sillas de neja, de mandiles y canastas, de remiendos… Habló de Sevilla y habló de Triana, que no es lo mismo, aun poniendo las mismas ganas. Habló de la Venta Vargas, de Camarón y su casa; habló de su abuelo y de su madre y de la fuerza de su casta. Habló sin querer hablar y, en el silencio, mandó, fin y mandó callar.
Y ahora te cuento de quién se acompañó también:
La percusión de Paco Vega, pufffff... "No sé puee aguantá", "olé la mae que te parió" y todos los posibles arranques que se te puedan decir, chiquillo. De Manuel Valencia. No me atrevo a confirmar si bajó el capo al segundo traste de la guitarra, consiguiendo subir el tono completo de la afinación estándar para obtener un sonido más brillante, seco, tenso y percusivo. Igualmente, sea como fuere, fue brillante escucharlo y disfrutar de su «pataita por bulerías», «to el arte».
Y por supuesto, de las voces inmejorables de los mencionados antes.
Pasamos un rato muy divertido, sobrio y austero por momentos, en el que vimos, nada más y nada menos que FLAMENCO, esa palabra que, a día de hoy, sigue haciendo temblar los cimientos de cualquier casa, teatro o pueblo.


