© José Luis Pindado / OCNE
Lugar: Auditorio Nacional de Música (Madrid)
Evento: Concierto: música sinfónica
Programa: Concierto para violín y orquesta en si menor de William Walton / Sinfonía nº 2 en mi menor, op. 27 de Serguéi Rajmáninov
Intérpretes: Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham; Violín: Frank Peter Zimmermann.
Fecha: 16 de octubre de 2026
Por: Alessandro Pierozzi
El primero de los tres conciertos del Ciclo Sinfónico 03 de la ONE se saldó con un éxito sin fisuras, con una orquesta entregada, con un sello propio cada vez más maduro y asentado, y un público volcado en lo numérico ––Auditorio repleto–– y en el reconocimiento a lo que allí se escuchó. Para la ocasión volvía David Afkham como director invitado, aunque la palabra «invitado» sería, quizás, la menos apropiada porque la conexión con la orquesta fue, desde el primer minuto, más que evidente y lógica tras los años que el maestro ejerció como director titular y que, desde luego, ––como ya comentamos–– ha influido positivamente en la sonoridad y estilo que marcan la senda de la orquesta y que seguramente seguirá creciendo bajo la dirección de Kent Nagano. Los mimbres los tiene y esperemos que ningún «ruido externo» enturbie la buena trayectoria del conjunto.
El programa se inició con el Concierto para violín y orquesta del británico William Wolton, una obra que se estrenó meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Walton a pesar de ser un compositor que abrazó en sus inicios el lenguaje de las vanguardias y del dodecafonismo más rupturista, asienta con esta partitura su progresiva melancolía neorromántica. Como si ese desasosiego vital del tiempo que estaba viviendo, le inspirara unos pentagramas repletos de lirismo y esperanza, no exentos de técnica y dificultad tanto para el solista como para la orquesta. El alemán Frank Peter Zimmermann mostró una solvencia, naturalidad y capacidades técnicas indudables para compenetrarse con el conjunto y, en muchos momentos, parecer él mismo el director. Fue tal la complicidad con Afkham ––parecieron la misma persona durante muchos pasajes–– y con la orquesta que el resultado fue brillante. Zimmermann impuso a su violín intensidad en su interpretación, brillo en su timbre que fue cogiendo progresivamente calor y color en la sonoridad, profundidad como en el Andante tranquillo, y un recorrido nítido, cuasi eléctrico, en el Allegro final. El regalo que ofreció Zimmermnn en forma de bis con el arreglo de Traüme, último de los Wesendonck-Lieder de Wagner, fue una delicia repleta de sensibilidad e intimismo, no exenta de amor y esperanza.
La Segunda sinfonía de Serguéi Rajmáninov es un auténtico monumento sinfónico. Varias son las lecturas de la interpretación por parte de la Orquesta Nacional. El tempo que Afkham impuso desde el comienzo fue preciso porque existen versiones en las que es o demasiado lento o acelerado, pero en esta ocasión fue el correcto, dando el sentido rítmico y temático a cada uno de los movimientos. Por otro lado, la sensación de claridad en la exposición. Fue una interpretación en la que se entendió todo el andamiaje armónico y temático cuasi bachiano que hay bajo los grandes temas (lacrimosos en la mayoría de los casos) de la sinfonía, quedando muy bien marcadas las entradas y salidas a dichos temas, con los pasajes intermedios repletos de recovecos que sonaron muy nítidos ––a veces se puede caer en el pecado de emborronarse bajo el manto del tutti–– por parte de las diferentes familias que explicaron perfectamente a la audiencia el discurso propuesto por Rajmáninov. Y aquí una tercera lectura. La calidad de los profesores de la orquesta que Afkham exprimió con mimo y amplitud, con recogimiento y apertura, por momentos, danzarina. Toda la cuerda, con unos chelos y violines en un gran momento de forma, fue la mensajera perfecta de los grandes temas como el del Allegro moderato, el del preciosísimo Andante o el de la pimpante conclusión del Allegro Vivace. Como complemento a la cuerda, toda la sección de las maderas brilló a gran altura en ese comunicar los cimientos que aguantan el discurso de toda la partitura, destacando el solo de clarinete en el Adagio del tercer tiempo. Y destacable, por supuesto, la sección de metales, que en su escritura nos recuerdan el gran sinfonismo ruso al estilo Tchaikovsky, Mussorgsky…y la percusión, con sus dinámicas y presencia siempre proporcionadas.
Un programa delicioso, con dos compositores que fueron tildados en muchos casos como conservadores por no seguir los vientos de la modernidad ––¡que sí la siguieron!–– y no olvidarse de lenguajes anteriores. Dos compositores que desde sus vidas situaron su arte en esa frontera entre el mundo de la modernidad y las reminiscencias por el pasado, consiguiendo un maravilloso encuentro entre el desasosiego y la esperanza.







