El Liceu ante el abismo de Tristán: un triunfo de la voluntad femenina

Feb 4, 2026

© Sergi Panizo / Gran Teatre del Liceu

Lugar: Gran Teatre del Liceu
Evento: Ópera 
Programa: Tristan und Isolde, de Richard Wagner
Intérpretes: Clay Hilley, tenor; Brindley Sherrat, bajo; Lise Davidsen, soprano; Tomasz Konieczny, bajo; Ekaterina Gubanova, mezzosoprano, Roger Padulles, tenor, Albert Casals, tenor y Milan Perišic, barítono. Coro y Orquesta del Gran Teatre del Liceu bajo la dirección  musical de Susanna Mälkki. 
Fecha: 31 de enero de 2026

Autor: Alejandro Fernández

Con el cartel de «no hay billetes» colgado desde hace meses y una expectación máxima por conocer la nueva apuesta escénica del Gran Teatre del Liceu, el coliseo barcelonés levantaba el telón para la última de las representaciones de Tristan und Isolde de Richard Wagner. Una cita que, en la tarde del pasado sábado, se reveló como una clara apuesta por reivindicar el teatro como templo de peregrinación de la obra del compositor alemán. Todo ello sobre la base de una sobresaliente dirección escénica confiada a Bárbara Lluch, apoyada en la reveladora escenografía de Urs Schönebaum, y con la prueba de fuego que suponía el esperado debut en el rol de Isolde de la soprano dramática Lise Davidsen.

Ni la presión de un teatro lleno ni la responsabilidad ante esta nueva producción condicionaron el conjunto artístico y técnico. El objetivo era dibujar un gran arco dramático, dosificado en tensión, en correspondencia con la idea visual que Lluch despliega en este montaje. La directora desnuda el espacio de todo aditamento para singularizar el drama en los protagonistas, quienes habitan esa dualidad representada por el día y la noche. En esta continua contraposición de fuerzas, el espectador vive en absoluta intimidad el logrado espacio metafísico propuesto.

Esa dialéctica entre el día —que encarna el deber, las convenciones y la debilidad humana— y la noche —donde la fuerza imparable del amor lo hace todo posible— vertebra la propuesta. Resulta especialmente llamativa la visión que aporta Lluch sobre la figura de Isolda, a quien presenta no como una víctima pasiva, sino como palanca de cambio y voluntad. Una lectura que se ajusta a la perfección a la potencia vocal de Lise Davidsen. Los escenarios atemporales, como esa noche estelar que domina el idilio de amor, focalizaron toda la atención y la fuerza dramática en la pareja protagonista.

La escenografía de Schönebaum evita los convencionalismos para concentrar la mirada; es un despliegue de elementos conducentes a comprender la fuerza que mueve a los personajes a desafiar lo establecido bajo el único alimento del amor. En este contexto, el vestuario evoluciona con el desarrollo dramático: del blanco inocente del primer acto al carmesí en el corazón de la ópera, hasta los celestes del desenlace. Todo ello envuelto por un asombroso tratamiento de la iluminación, también firmado por Schönebaum.

Este «trío de hitos femeninos» se completaba en el foso con la batuta de la finlandesa Susanna Mälkki, a quien ya conocimos en el Liceu con Il Trittico hace tres temporadas. Si entonces ya causó impresión, en esta ocasión su trabajo ha sido un capolavoro sin reservas, especialmente por las dinámicas alcanzadas con la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu. Mälkki gestionó con maestría la inestabilidad armónica que atraviesa la partitura. El primer acto resultó sencillamente enmarcable, perfectamente tensionado hasta el estallido del encuentro, para continuar en un segundo acto dibujando un «O sink' hernieder» tan contrastado como premonitorio. Su lectura estuvo aquilatada en acentos y colores, con dinámicas en ocasiones inextinguibles, confirmando una visión más antropocéntrica que meramente estética. La sección de cuerdas se mostró resuelta y carnal, las maderas en continuo empaste y los metales decididamente inspirados.

Esta visión contemporánea y humana debía conducir también el desempeño del elenco internacional. El heldentenor Clay Hilley y la soprano Lise Davidsen encabezaron el reparto con voces convincentes e ideales para el proyecto. Hilley caminó seguro en proyección y dicción sin sacrificar la línea de canto, que mantuvo heroicamente, destacando sobremanera en el exigente segundo acto. Por su parte, el debut de Davidsen puede resumirse como arrebatador. Entregada a la vocalidad y con un dominio notable del fraseo, se mostró cómoda en el registro medio para llegar al Liebestod con suficiente agilidad y unos pianos meditados, gracias a la poderosa extensión y capacidad de emisión de su instrumento.

Especialmente reveladora fue la voz de Brindley Sherratt como Rey Marke, seguro y resuelto en lo actoral, marcando las distancias en el segundo acto y ganando comodidad y nobleza vocal en el capítulo de cierre. En la misma línea se desarrolló el Kurwenal de Tomasz Konieczny, quien firmó un excelente ejercicio musical en el tercer acto. Mención aparte merece la Brangäne de Ekaterina Gubanova; la cantante rusa sumó su vasta experiencia wagneriana para resultar sencillamente brillante y conmovedora. Todo un acierto su ubicación desde el "cielo" del coliseo en sus advertencias del segundo acto, aportando matices de una plasticidad y gusto musical superiores a muchas referencias fonográficas.

Las intervenciones de Albert Casals y Milan Perišić redondearon un reparto de altísimo nivel. Con esta producción, el Gran Teatre del Liceu no solo revalida su histórica fidelidad al canon de Bayreuth, sino que demuestra su capacidad para insuflar vigencia antropológica al mito. Esta visión de Tristan und Isolde logra lo que solo las grandes lecturas alcanzan: hacer de la música de Wagner un espacio habitable y humano. Más allá de la anécdota narrativa, prevalece la esencia descrita por Thomas Mann: esa dualidad entre el tiempo del relato y la eternidad de una música que nos conduce, de forma irremediable, hacia la trascendencia del olvido.

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