© Nacho González Oramas | ACO 2026
Lugar: Teatro Pérez Galdós.
Evento: 59ª Temporada de Ópera de Las Palmas Alfredo Kraus (ACO).
Programa: Andrea Chénier, de Umberto Giordano.
Artistas: Piotr Beczała (Chénier), Maria Agresta (Maddalena di Coigny), Gevorg Hakobyan (Carlo Gérard), Ana Ibarra (La Contessa / Madelon), Cristina del Barrio (Bersi), Max Hochmuth (Roucher), David Barrera (Incredibile), Isaac Galán (Mathieu), Gabriel Álvarez (Abate). Coro del Festival de Ópera, dirección de Olga Santana. Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Dirección de escena y escenografía: Carlo Antonio de Lucia. Iluminación: Grace Morales.
Fecha: 24 de mayo de 2026.
Autor: Pablo Jerez
Andrea Chénier regresó al Teatro Pérez Galdós coincidiendo con los 130 años de su estreno, y lo hizo convertido en el gran plato fuerte de la temporada de ACO a través de una función de excelente nivel, donde la voz fue la reina absoluta. Desde el foso, Daniel Oren dirigió con seguridad, aunque me pareció un poco pasado de revoluciones. El maestro buscó una lectura amplia y cargada de tensión dramática, pero por momentos incurrió en los efectismos fáciles que lastran la partitura de Giordano, con un volumen excesivo. Esa falta de contención hizo que la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria se impusiera al reparto vocal en varios pasajes expuestos, un balance que no me terminó de convencer en una obra donde el foso debe respirar con el escenario. Con todo, la cuerda mantuvo un sonido compacto y los metales tradujeron con enorme solvencia el carácter revolucionario de la trama.
La propuesta escénica y la escenografía de Carlo Antonio de Lucia, de corte clásico y respetuosa con el contexto de la Francia revolucionaria, funcionaron con notable coherencia. Es una puesta en escena que gustó, sello de la casa de ACO, que acierta al no enfrascarse en producciones modernísimas que nada aportan a la trama de Giordano. Se agradece la intención dramática y el movimiento de masas en el Tribunal Revolucionario, apoyado por el indudable acierto visual de las proyecciones de textos constitucionales sobre el telón. Todo ello estuvo arropado por la buena iluminación de Grace Morales, a pesar de un vestuario manifiestamente flojo en el arranque de la noche. Por su parte, el Coro del Festival de Ópera, preparado por Olga Santana, cumplió con solidez y solvencia habitual en las escenas colectivas, a pesar de un vibrato individual algo expuesto en la pastoral femenina del primer acto.
Entre las voces, Piotr Beczała demostró que nació para cantar Chénier. Lo del tenor polaco fue sencillamente abrumador, exhibiendo una madurez vocal incontestable y una potencia que retumbó con fuerza en las paredes del Pérez Galdós, suspendiendo los corazones con un aliento heroico que parecía no tener fin. Gobernó este maratónico rol con un timbre rico, un centro cada vez más redondo y una facilidad extraordinaria para el agudo, deslumbrando desde un impecable «Un dì all’azzurro spazio». A su lado, Maria Agresta estuvo increíble en su doble debut en la temporada y en el rol de Maddalena di Coigny. Pese a pequeñas inseguridades en el arranque, la soprano italiana dibujó un personaje de gran musicalidad. Su cumbre llegó en una emocionante «La mamma morta», magníficamente construida, y en un extenuante dueto final junto a Beczała que hizo que el teatro se viniera abajo, transmutando el trágico destino de la guillotina en una apoteosis de pura belleza que electrizó la sala.
Gevorg Hakobyan encarnó a un Carlo Gérard de voz potente y generosa sonoridad en las zonas media y baja, aunque su registro alto acusó cierta falta de esmalte en el primer acto; sin embargo, firmó un “Nemico della patria” mucho más asentado, exento de excesos. En el impecable plantel de comprimarios, Ana Ibarra estuvo excelente en su doble cometido, otorgando la arrogancia justa a la Contessa y una honda emotividad a su Madelon. Cristina del Barrio aportó una Bersi sensual y de canto bien proyectado, mientras que Max Hochmuth dibujó un Roucher de buena línea y David Barrera resolvió su Incredibile con la malicia exacta. Isaac Galán (Mathieu) y Gabriel Álvarez (Abate) completaron una función homogénea que cerró entre los sonoros bravos del público grancanario, consciente de haber vivido una noche donde la música, desbordando los diques del foso, halló su redención en el milagro eterno de la garganta humana.
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