
Este trío, tomado del nombre del compositor catalán Jordi Cervellò, está conformado por músicos de gran trayectoria, especializados en el repertorio de cámara. Son sus integrantes Josep Fuster (Clarinete), un músico con una técnica depurada, conocido por su labor tanto docente como solista en orquesta; Ashan Pillai (Viola), uno de los violistas más respetados del panorama internacional, profesor en la ESMUC y miembro de agrupaciones de renombre y Enrique Bagaría (Piano), ganador del prestigioso Concurso Maria Canals, es un pianista con una sensibilidad extraordinaria para el acompañamiento y la interpretación solista.
La formación de clarinete, viola y piano es considerada una de las más «amigables» de la música de cámara, ya que los tres instrumentos comparten una tesitura lírica que imita muy de cerca la voz humana.
El programa se ha formado por dos hermosas obras que viajan desde el clasicismo hasta el romanticismo tardío. El Trío en mi bemol mayor, K. 498 –universalmente conocido como el Trío «Kegelstatt» (o Trío de los Bolos)–, se trata de una de las obras más singulares y queridas de Wolfgang Amadeus Mozart. Mozart lo escribió para un grupo íntimo. Compuesto en Viena en 1786, este trío nació de la amistad y de las tardes de ocio cuando el propio Mozart tocaba la viola, su gran amigo Anton Stadler (el virtuoso que inspiró su «Concierto para clarinete») tocaba el clarinete, y su alumna Franziska von Jacquin se encargaba del piano. El apodo «Kegelstatt» proviene de una nota en el catálogo personal del salzburgués, donde sugiere que compuso la pieza (o parte de ella) mientras jugaba a los bolos (Kegeln). Aunque suena a mito, refleja perfectamente el carácter relajado y «social» de la obra. Tiene, además, un alto valor histórico por su innovación instrumental, ya que fue la primera vez en la historia que se combinaron estos tres instrumentos específicos. En aquella época, la viola solía quedar relegada a un segundo plano, pero aquí Mozart le otorga un papel protagonista. El trío rompe con el esquema tradicional de la época, estructurándose en tres movimientos que priorizan el diálogo lírico sobre el virtuosismo vacío:
- Andante: En lugar de un movimiento rápido y enérgico, comienza con un aire reflexivo y elegante. Destaca el uso de un pequeño gruppetto (un adorno musical) que se convierte en el hilo conductor.
- Minueto: No es un baile ligero, sino un movimiento con peso, donde el trío central (la sección media) tiene un carácter oscuro y cromático liderado por la viola.
- Rondeaux (Allegretto): Un final fluido y cantable donde los tres instrumentos se entrelazan en una conversación perfecta.
Desde una perspectiva crítica, el Trío, K. 498 es considerado una obra maestra del equilibrio. Es de destacar la genialidad de Mozart al combinar el timbre «líquido» del clarinete con la calidez «oscura» de la viola. Al ser instrumentos de registros medios, el piano actúa como el ancla que evita que el sonido se vuelva turbio. A diferencia de sus tríos con violín, donde el piano suele dominar, aquí hay una igualdad absoluta. Es música de cámara en su estado más puro: una conversación entre iguales. No busca impresionar con pirotecnia técnica, sino con una intimidad melancólica que es muy propia de la madurez del compositor. La tonalidad de mi bemol mayor era para Mozart la tonalidad de la amistad y la fraternidad (también vinculada a la masonería), lo que refuerza el espíritu con el que fue escrita.
Es una interpretación increíblemente fluida. El piano de Bagaría es perlado y preciso, manteniendo ese aire de «música entre amigos» que Mozart buscaba. El sonido de Ashan Pillai es denso y aterciopelado, lo que le da al trío una seriedad casi prerromántica. No es música de fondo y exige atención por sus contrastes dinámicos. La técnica de Fuster es perfecta, nítida, brillante y muy equilibrada.
Las Ocho piezas para clarinete, viola y piano, Op. 83, compuestas por Max Bruch en 1908, son una de las joyas ocultas del repertorio de cámara del Romanticismo tardío. A menudo eclipsadas por su famoso Primer Concierto para violín, estas miniaturas revelan a un compositor en la plenitud de su madurez lírica. Bruch se inspiró directamente en la instrumentación del «Trío Kegelstatt» de Mozart, escribiendo esta obra a los 70 años, en una época donde el mundo musical estaba girando hacia el atonalismo de Schönberg o el impresionismo de Debussy. Sin embargo, Bruch se mantuvo fiel a la tradición romántica alemana. Fueron escritas para su hijo, Max Felix Bruch, quien era un talentoso clarinetista. Esto explica por qué el clarinete suele llevar la voz cantante, aunque la obra es un trío equilibrado. La obra destaca por su melancolía otoñal y su textura rica y aterciopelada. La combinación de la calidez del clarinete con la voz profunda de la viola crea un sonido oscuro que es muy característico en Bruch. Desde la agitación dramática de la nº 1, en la menor, hasta el lirismo tierno de la nº 4 o el aire folclórico de la nº 7 (basada en una melodía rumana), el piano no es un mero acompañante, proporcionando un soporte armónico denso que recuerda mucho al estilo de Johannes Brahms.
El Trío Cervelló logra una transparencia casi milagrosa. En lugar de una masa sonora densa y opaca, permiten que las líneas individuales respiren. El clarinete de Fuster es fluido y vocal, mientras que la viola de Pillai aporta un grano terroso que nunca se pierde en el registro medio. El piano en Bruch puede ser muy intrusivo debido a sus acordes densos. Bagaría toca con una pulsación aterciopelada, sirviendo de colchón armónico para los solistas sin taparlos nunca, especialmente en la pieza nº 6 (Nocturno), donde crea una atmósfera envolvente. Suenan como una sola unidad y se nota porque son músicos que han tocado juntos y compactados durante mucho tiempo. Es una interpretación que prioriza la belleza del sonido y la claridad de la conversación entre los tres instrumentos.
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