La identidad en la vanguardia y el siglo XX

Mar 24, 2026

 © Pablo Valero

TEMPORADA DE ABONO: Programa 8

Lugar: Teatro Cervantes de Málaga
Fecha: 20/03/26
Evento: Concierto: música sinfónica
Programa: Quiet City. (Aaron Copland). Pampeana, nº 3, Op. 24. (Alberto Ginastera). Quinta Sinfonía en Si bemol mayor, Op. 100. (Sergei Prokofiev)
Intérpretes: Solistas; Ángel San Bartolomé (trompeta), Pedro Cusac (corno inglés). Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM). Director invitado; Maximiliano Valdés

Por: Abraham Quero

Lo evocador y lo onírico se entremezclaban en este comienzo de programa con la pieza de Copland (1900 – 1990). Quiet City, con frecuencia desestimada, transmite la quietud y la angustia de un judeo-ruso que quiere cambiar su vida en una ciudad sofocante americana. Al frente de la pieza y en forma de diálogo, la trompeta es secundada por el corno inglés, funcionando ambos como centinelas de un discurso que presenta un delicado telos, como si de un preludio wagneriano se tratara. Las cuerdas, como acompañantes, consiguen una participación exquisita, y no solo en esta pieza, sino en toda la continuidad del programa. Unión y cohesión marcaban el comienzo de la velada, dando la sensación de percibir un solo instrumento, sencillamente en concordancia, sin aparente dificultad. 

Con una apreciable continuidad estilística, comenzaba el adagio de la tercera de las Pampeanas escritas por Ginastera (1916 – 1983), aún en un estado de sosiego. No daría un primer giro hasta alrededor del minuto cuatro, en el cual es gestado el primer clímax. Más tarde, desde la penúltima página en partitura, la celesta, el glockenspiel, el arpa y el timbal, anteceden el movimiento clave de la pieza, el segundo. Impetuosamente, de nuevo, la percusión, sección a destacar en este encuentro, comienza marcando una caja abrumadora a la que se van adheriendo el resto de secciones que confluyen en el fortíssimo que prosigue más adelante; metales y maderas en la cúspide de la pirámide, las cuerdas engrosando la textura en figuraciones rápidas, las baquetas y el piano dibujando las frecuencias medias y graves. Todo ello en un paisaje sonoro que contempla numerosos tintes en múltiples direcciones, un crisol de ideas que adelantaba la agitación y orquestación de la segunda parte del programa. Por último, el refinamiento del perdendosi final, fue un goce para el espectador, consiguiendo una quietud en la atmósfera digna de distinción. 

Ginastera fue capaz de mostrar sensibilidad hacia los aspectos de su cultura en convergencia con las tendencias compositivas del momento. Técnicas contemporáneas como el dodecafonismo o la politonalidad son utilizadas en su repertorio, al tiempo que inserta melodías y ritmos de su región. En palabras de Maximiliano Valdés, «La Pampa representa un lugar mítico para cualquier argentino, … extensión plana donde se encuentran los gauchos e indígenas que habitaban el lugar». Estos representan la identidad y cohesión cultural que buscaba la población argentina en el primer periodo peronista. No es la primera vez que este director chileno colabora con la OFM, y tampoco la única orquesta de España con la que interactúa. Especialista en ópera, cuenta con intervenciones en Alemania, Francia, Italia o Inglaterra, además de Norteamérica y numerosos países de América Latina.  

Comenzaba la Quinta Sinfonía de Prokofiev (1891 – 1953) con la templanza en la batuta que venía siendo protagonista desde el principio, proyectando un orden y equilibrio magistral en esta obra tímbrica y cambiante. El equilibrio de las secciones llegaba a su consumación hacia el segundo movimiento, sorteando lo abrupto y quisquilloso del terreno, aunando un empaque que moderaba el director con una cordura envidiable. 

Después de dieciséis años sin ocuparse de la música sinfónica, Prokofiev presentaba esta obra en 1945, en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú, bajo su propia dirección. El ejército soviético había vencido al alemán sólo unos días antes del estreno de la obra, y fue en territorio ruso donde se había producido la última gran batalla de la guerra. Por tanto, el simbolismo épico cobra especial relevancia en esta pieza, difícil y densa, a la vez que fulgurante.

Meritoria fue la intervención de las cuerdas, desde los agresivos pizzicatos hasta los vibrantes pasajes del violonchelo. Con una orquestación amplísima y detalles para todos los papeles, Maximiliano no dejaba de cortejar al conjunto con mesura, en la medida que impregnaba seguridad y reafirmación en el intérprete. En resumen, la OFM demostró ser de nuevo una orquesta versátil y consistente, características que permiten al oyente degustar programas tan densos como el presente. 

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