El arte de “La Argentina” visto desde la mirada del siglo XXI

Ene 16, 2026

© Dolores Iglesias / Fundación Juan March

Lugar: Fundación Juan March
Formato: Ballet
ProgramaJuerga de J. Bautista; Triana de I. Albéniz; Suite de danzas (AA.VV.)
Intérpretes: Compañía Antonio Najarro. Dirección: Antonio Najarro; Dirección musical, piano y arreglos: Luis Fernando Pérez; Dirección de escena: Carolina África; Diseño de vestuario: Yaiza Pinillos.
Fecha: 12 de enero de 2026

Autor: Alessandro Pierozzi

Antonia Mercé, “La Argentina”, representa una de las figuras más grandes que ha dado el arte español, en concreto la danza española. Y, por ello, cabe celebrar que la Fundación Juan March – en coproducción con otros seis teatros nacionales que albergarán el espectáculo próximamente – haya podido sacar adelante y mostrado en todo su esplendor un proyecto como este. Qué bonita forma de iniciar este 2026: nada de valses vieneses, ni polkas festivas (que no festivaleras) ni galops acompasados, sino la recuperación de dos ballets, Juerga y Triana, dos creaciones con las que Antonia Mercé conquistó París en 1929, llevando la bandera de la danza española hasta la cima del olimpo cultural que significaba la capital francesa. La persona elegida para realizar este viaje artístico en el tiempo y mostrarnos lo que aquella época – la Edad de Plata – significó y el espíritu de esta insigne artista, es el bailarín, coreógrafo y director Antonio Najarro, quien junto a un perfecto equipo artístico y de investigación científica, ha conseguido poner en pie un programa repleto de plasticidad, tradición, respeto, calidad técnica y emociones renovadas. 

El espectáculo, dividido en tres bloques principales más un prólogo, se inició bajo las notas de “Andaluza” de Granados con la presentación cenital de algunos de los personajes que irían desfilando a lo largo de la obra, siendo el último de ellos, La Violetera, el que dio paso a Juerga. A esa Juerga, compuesta por Julián Bautista, un compositor del Grupo de los Ocho – y como tantos otros, aún por descubrir en toda su extensión – con una partitura llena de recovecos, ternura, guiños al Falla más costumbrista y a los nuevos vientos que asomaban por Europa. Una pasarela por la que desfilan el torero, el ciego, el ladronzuelo o las jóvenes castizas del Madrid más tradicional, ese Madrid que giraba al son de mantones y capas, al albur de noches azuladas, y al aroma de encuentros humanos – ¡cómo ha cambiado mi Madrid!”. El elenco de diez bailarines y bailarinas mostró un tremendo nivel técnico e interpretativo, palpándose la alegría de danzar, el disfrute y la pasión por invitarnos a esa fiesta artística, repleta de colorido, de patrones bien diseñados, de apuntes populares – el juego del bastón, la cesta de violetas, el escarceo de las parejas, el paseíllo del torero… –. Todo dirigido bajo un prisma actual, sin descarrilar del rail de la tradición. La capacidad de mover en bloques simétricos, del gesto lírico del brazo con la castañuela, de contar historias de la danza popular – ya lo hizo con la producción de La Argentina en París – con un vestuario impecable, una música superior y unas escenografías adaptadas al original parece innata en el ADN de Antonio Najarro. 

De ese equipo, hay que destacar el diseño de vestuario de Yaiza Pinillos, en el que se muestra una gran habilidad en la concepción, pero, sobre todo, la sensibilidad de trasladar el estilo de 1929 de Manuel Fontanals al momento actual. Así como la acertada dirección de escena de Carolina África, y fundamentalmente, en el aspecto musical, la dirección, interpretación y arreglos de Luis Fernando Pérez, quien, desde el piano ha conseguido poner en pie, junto a otros tres fantásticos músicos, una versión camerística con la veracidad necesaria para que las partituras sean los renglones perfectos en los que trazar los movimientos dancísticos. No quiero dejar de lado la labor fundamental de investigación y asesoramiento del Grupo de Investigación ERC Spain On Stage con Idoia Murga Castro al frente, fundamentales en el desarrollo teórico y el análisis de las fuentes que han permitido “cuidar” al máximo la puesta en pie del proyecto.

El segundo bloque parece pensado como un intermedio entre ambos ballets, pero, todo lo contrario. La Suite de danzas muestra algunas de las joyas que, en pequeño formato, “La Argentina” bailó en sus espectáculos por todo el mundo. Es un cofre que reúne los cuatro ejes de la danza española: escuela bolera, folclore, danza estilizada y flamenco. A destacar la actuación de Daniel Ramos y Maria Fernández en la Serenata Española de Joaquim Malats, el lirismo y toques estilísticos de Helena Martín en Córdoba de Isaac Albéniz, la brillantez y amplitud de la jota de Joaquín Larregla, Viva Navarra, o la elegancia grupal en el precioso Intermezzo de Goyescas de Granados. La interpretación musical fue sublime, destacando el piano de Luis Fernando Pérez en la Danza española, “Oriental” de Granados y la guitarra de Sohta Nakabayashi en Gracia (El Vito) de Manuel Infante. 

Antonia Mercé, además de su talento innato por la danza, tuvo la visión global para rodearse de grandes artistas de diferentes ámbitos (pintores, libretistas, escenógrafos, figurinistas…), una idea que perseguía, en cierto modo, recrear el modelo de Les Ballets Russes de Diaghilev, adaptándolo al universo de la danza española. Y así fue en el caso de Triana: fantasía coreográfica sevillana, el segundo ballet presentado. Con libreto – sorprendente este dato – de Enrique Fernández Arbós y unos maravillosos figurines y escenografía del artista canario Néstor Martín-Fernández de la Torre, la historia de amor, celos y religiosidad entre Soleá, Paco, Zurito y Nati en pleno corazón del barrio trianero, desató la locura en su estreno en el Théatre National de l’ Opéra-Comique de París el 27 de mayo de 1929. Y la (re)visión que vivimos en la Juan March, se puede resumir en que puso al público en pie. Con la música de algunos de los pasajes de la inmortal Iberia de Albéniz, un precioso vestuario de Yaiza Pinillos – destacar la línea marcada con la famosa bata de cola al estilo de Antonia Mercé – y un juego de audiovisuales ideados por Emilio Valenzuela que recreaban los ambientes y lugares típicos del barrio sevillano, los bailarines y bailarinas mostraron una vez más sus dotes interpretativas y técnicas con bonitos movimientos de brazos muy de la época, complejos zapateados, combinados con contratiempos de castañuela, y diseños coreográficos muy interesantes como en la rivalidad “amorosa” entre Paco (Álvaro Madrid) y Zurito (Daniel Ramos) o en los momentos entre la ensoñación y la rabia de Soleá (Helena Martín) y Nati (Cristina Carnero), con una mención especial también para el personaje del mesonero, El Tranco, interpretado por Javier Moreno. Quizás, en el debe, se produzca en Triana el momento más monótono y alejado de la línea general del espectáculo con la recreación de la procesión del Corpus Christi, que no repercute negativamente en el resultado global, ya que a continuación se llega al rush final, solar y optimista, titulado La cruz de mayo con la magnífica Triana de Albéniz. 

La estilización de la danza española que “La Argentina” hizo universal por todo el mundo, traída al siglo XXI, es una gran apuesta y un gran logro por el que hay que felicitarse y así debiera seguir estudiándose y transitando por esos caminos para recordarnos una y otra vez que “¡no sabemos la riqueza cultural que tenemos!” y que la danza española debe ser más valorada porque merece demasiado la pena.

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