
Iberia es, sin duda, la cima de la literatura pianística española y una de las obras más desafiantes y bellas de todo el repertorio para piano del siglo XX. Compuesta por Isaac Albéniz al final de su vida, representa la unión perfecta entre el folclore andaluz, el madrileño de “Lavapiés” y la vanguardia impresionista francesa.
Albéniz escribió esta suite entre 1905 y 1908, principalmente en Niza y París. En ese momento, el compositor ya sufría de la enfermedad de Bright (una dolencia renal), lo que dota a la obra de una intensidad emocional casi testamentaria. Está organizada en cuatro cuadernos, cada uno con tres piezas, sumando un total de doce:
Cuaderno 1º (1906): Evocación, El Puerto, El Corpus en Sevilla.
Cuaderno 2º (1907): Rondeña, Almería, Triana.
Cuaderno 3º (1907): El Albaicín, El Polo, Lavapiés.
Cuaderno 4º (1908): Málaga, Jerez, Eritaña.
Albéniz pasaba, compositivamente hablando, de un estilo de juventud de «salón», más ligero, a una escritura extremadamente densa y compleja. La Vega, clara predecesora de Iberia, es el único movimiento completo de la Suite La Alhambra (1897), todo un poema sinfónico para piano. Otro caso es la pieza denominada Navarra (1909). Esta quedó inconclusa tras la muerte de Albéniz, pero probablemente fue concebida, en algún momento, como un movimiento para Iberia. Sin embargo, decidió descartarla por una razón sorprendente: consideraba que la pieza era «demasiado popular» o descaradamente alegre en comparación con el tono más denso y complejo de las otras piezas del último cuaderno (Málaga, Jerez y Eritaña). Su amigo, el compositor occitano, Déodat de Séverac (1872–1921), fue quien escribió el final (unos 26 compases) basándose en los bocetos y el estilo de Isaac. Con la bellísima Azulejos (1909) llegaríamos al último suspiro creativo de Isaac Albéniz. Es una obra de una belleza frágil, casi espectral, que el compositor dejó inconclusa en su lecho de muerte en Cambo-les-Bains. Solo dejó terminada la primera parte de la pieza (la exposición y el inicio del desarrollo). Fue su gran amigo Enrique Granados quien, por encargo de la viuda de Albéniz, completó la obra. A diferencia de la densidad orquestal de Iberia, aquí la escritura es más refinada, como si cada nota fuera una pequeña pieza de cerámica que encaja en un mosaico sonoro. Una obra de transición hacia una modernidad que Albéniz no pudo llegar a ver.
Volviendo a Iberia se dice que él mismo, siendo un virtuoso, se asustaba de la dificultad de lo que estaba escribiendo y estuvo a punto de destruir los manuscritos. Albéniz utiliza a menudo tres pentagramas para poder anotar todas las voces y saltos. La textura es tan rica que a veces parece una orquesta entera contenida en el teclado. La obra imita constantemente elementos de la guitarra flamenca (rasgueos, punteos) y el canto profundo (melismas, escalas frigias). Albéniz puso lo mejor de sí mismo: no es solo música, es el perfume, la luz y el alma de una tierra convertidos en sonido. Se siente en la partitura la naturaleza reflexiva, resaltando los aspectos meditativos de la obra, iluminada con un cálido resplandor solar. La Evocación inicial es particularmente contemplativa y evoca estados de ánimo en sus armonías y danzas españolas en sus ritmos. Ventura muestra una desenvoltura técnica tal que, música como esta, por compleja que sea, envuelve al oyente en ondas claras, suaves y hermosas. Sus momentos más animados y enérgicos como El Corpus en Sevilla y Eritaña transmiten, incluso, una sensación de nostalgias y recuerdos afectuosos más que una representación activa de la vida. Ventura comparte abiertamente con el oyente los sentimientos personales de Albéniz en esta música, y lo hace sin caer en el sentimentalismo ni perder de vista la esencia de la obra. Y es que interpretar Iberia requiere algo más que técnica: exige una resistencia física y mental absoluta. Piezas como Lavapiés o Eritaña son famosas por sus cruces de manos constantes y ritmos entrelazados que pueden resultar «intocables» para pianistas. Alba Ventura se formó en la Academia Marshall, fundada por Enrique Granados (amigo íntimo de Albéniz). Esta línea directa le otorga una comprensión del ritmo, el fraseo y el aire español que pocos pianistas, nacionales y extranjeros, logran captar sin caer en la caricatura. Ventura ha sabido equilibrar la fuerza rítmica con la elegancia necesaria para que la densidad de las notas no llegue a emborronar la melodía. Su técnica de pedal es magistral, evitando que las armonías impresionistas (influencia de Debussy) se mezclen de forma «sucia» y manteniendo la sequedad rítmica necesaria para el aire flamenco. Lo que se denomina la capacidad de elevar el folclore popular a la categoría de «música culta» sin perder la frescura de la calle. Es un viaje sensorial por una morriña soñada desde la distancia de París. Algunos puristas de su época la consideraron «demasiado difícil» o «excesivamente cargada de notas». Sin embargo, el tiempo la ha colocado como el puente necesario entre el Romanticismo y la Modernidad. Es difícil, mientras escuchas a Ventura, no comparar su interpretación con otras versiones de referencia como las de Esteban Sánchez, salvaje y apasionada, o Marc-André Hamelin, técnicamente perfecta, pero más fría, y, por supuesto, la de Alicia de Larrocha, la más equilibrada. Ella entendió, al igual que Alba Ventura, que la arquitectura colosal de Iberia no es solo virtuosismo, sino nostalgia, polvo, sol y elegancia.
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