© Raquel Cavero
Evento: Concierto
Lugar: Teatro Cervantes de Málaga
Intérprete: Arcadi Volodos
Fecha: 12 de octubre de 2026
Autora: Margarita Domínguez Mota
Pocas son las ocasiones en las que el público malagueño tiene la oportunidad de escuchar a un pianista legendario en el momento cumbre de su madurez; y es que, como bien sabemos, nuestro Teatro Cervantes no suele ser programado en las agendas de los grandes solistas internacionales por motivos obvios – no reúne las características de un auditorio – y el formato más habitual que solemos escuchar en esta sala es el de concierto solista. Es por ello que la expectación del pasado lunes, ante lo que supone un hito en nuestra ciudad, era evidente en las butacas del coliseo malacitano: Arcadi Volodos debutaba en la capital de la Costa del Sol.
Organizado e impulsado por la Fundación Concurso Internacional de Piano Ciudad de Málaga (cuya tercera edición se celebró el pasado mes de junio), este recital proponía el mismo programa que ha llevado el pianista en su gira española de 2026: Schubert y Chopin, dos de los compositores preferidos por el ruso y que, en el caso del compositor austríaco, ha sido objeto de sus dos últimas grabaciones discográficas (2019 y 2026, Sony Classical), además de la de 2001, en la que se incluía la Sonata en Sol mayor que escuchamos el pasado día 12, y que pone de manifiesto, una vez más, el grado de sofisticación y madurez interpretativa que ha alcanzado veinticinco años después.
Arcadi Volodos (San Petersburgo, 1972) es uno de esos artistas que ha sabido llevar una carrera al margen de los convencionalismos del mercado. Su talento se dio a conocer a nivel internacional a mediados de los 90, deslumbrando al mundo recreando las legendarias y casi imposibles transcripciones de Vladimir Horowitz. Aquel primer disco (Volodos: Piano Transcriptions, 1997) fue un hito en el catálogo de Sony Classical, pues quien fue durante décadas el productor principal de cabecera de muchísimas grabaciones históricas de Vladimir Horowitz, Thomas Frost, estuvo al frente de este proyecto que trazaba una suerte de continuidad entre ambos pianistas pertenecientes a generaciones muy lejanas.
Formado en Moscú con la profesora Galina Egiazarova, en París con Jacques Rouvier, y en Madrid con Dimitri Bashkirov y, de nuevo, con Galina Egiazarova; Volodos ha renunciado a los conciertos con orquesta para concentrarse casi en exclusiva en el recital, donde puede “viajar dentro de la música” con la devoción, dedicación y libertad de elección deseadas. Y es que escuchar a este pianista es otra dimensión en la música. Y digo música porque Volodos no hace sonar solamente el piano, hace vibrar cada sonido con una identidad propia, despliega toda una gama de timbres, sutilezas, colores y sonoridades que dotan a cada obra y a cada pasaje de una monumentalidad musical sin precedentes. Su trayectoria nunca se estancó en el dominio técnico de sus inicios; y, si bien sigue siendo un pianista impecable y solvente, (con una facilidad pasmosa para resolver los pasajes más endiablados), con los años, su enfoque ha evolucionado radicalmente hacia una hondura espiritual, misticismo y contención sosegada.
La primera parte estuvo dedicada a la Sonata D 894 en sol mayor de Schubert, compuesta en 1826, precisamente en octubre (feliz casualidad la de este bicentenario). El comienzo atrapó a la audiencia desde ese primer acorde en pp del Molto moderato e cantabile, de serenidad hipnótica, dibujando una línea melódica de imposibles pianissimo y timbres que fueron moldeando una perfecta estructura de un primer movimiento canónico en forma y creativo en contenido. La audacia del maestro tuvo su punto fuerte en el equilibrio y plasticidad de la forma unidos a la libertad expresiva allí donde se antojaba y tenía cabida una recreación sonora nueva.
«La narrativa se impuso con la maestría para crear planos sonoros bien definidos, pedales exquisitos y una gradación dinámica que solo Volodos puede conseguir».
La narrativa se impuso con la maestría para crear planos sonoros bien definidos, pedales exquisitos y una gradación dinámica que solo Volodos puede conseguir, póngase de ejemplo el final de este primer movimiento, en el que consigue llevar el f hasta el ppp en apenas cuatro compases, manteniendo siempre la resonancia al límite, para concluir con una sonoridad plena, serena, redonda, cerrando el círculo de la forma sonata.
El Andante destacó por su correcta articulación y una perfecta comprensión de la retórica y lenguaje schubertianos, que enriqueció con las sutilezas que reportan la magia de la música en directo, siempre tan real, tan viva y en constante transformación. La elocuencia de los planos sonoros y la riqueza temática se hizo otra vez evidente en un movimiento que no suele ser el más valorado en esta sonata.
El Menuetto lució una gracia y potencia contenida que contrastó con la sencillez inalcanzable del Trio. Una vez más, Volodos nos da una lección de cómo hacer mucho con poco.
Y no menos sorpresivo fue el Allegretto del final, como si la aparente sencillez con la que se toca no escondiera un crisol de temas, aires y caracteres que, expuestos con esmero se nos ofreció en perfecta gestión formal, con la naturalidad en la que aparecen los temas en un Rondó. Pudimos reconocer una sonoridad más orquestal, de un Schubert bien digerido por el pianista ruso, quien lleva toda la vida tocando esta sonata y la considera «una obra verdaderamente inagotable».
Chopin fue el protagonista de la segunda parte. Tres de sus mazurkas (nº 4 en si menor, Op.33; nº 2 en si menor, Op.41 y nº 2 en fa menor, Op.63) fueron el aperitivo de un menú bien pensado desde el punto de vista tonal y formal. En estas tres miniaturas nos ofreció una interpretación lírica y refinada, contenida y con resonancias impresionistas. El legato bien hecho, la riqueza tímbrica y los colores volvieron a aparecer en lo que parecía ser concebido como una transición hacia el plato fuerte de sonata: el Preludio en do sostenido menor, Op.45. Nostálgico, extático, a modo de improvisación, una pieza que no pertenece al ciclo de 24 Preludios (más conocidos como Op. 28), y que el polaco escribió en 1841 en Nohant, Francia. El pianista ruso nos dejó estremecidos con leggerissimo de la cadencia final. Acabó sutilmente con el do sostenido como enarmonía del re bemol del comienzo del Grave de la sonata, trazando una continuidad en esta segunda parte del recital que estuvo perfectamente ensamblada por la unidad tímbrica y narrativa, que osciló de la ingenuidad y elegancia de las mazurkas a la gravedad y dramatismo de la Sonata nº2 en si bemol menor, Op. 35.
El Doppio movimiento no estuvo precipitado, ni con el arrebato en el que se suele caer; Volodos fue dosificando la intensidad emocional a lo largo de todo el movimiento, estirando, dilatando ese momento al que prefiere llevarnos con progresiva intensidad hasta el punto culminante. La madurez es un grado, y le confiere, una vez más, una lectura soberbia de una de las páginas más especiales de la producción chopiniana. Atacó el Scherzo, en el que nos mostró la crudeza de los pasajes más sombríos de esta sonata. Rítmico, nos sorprendió con la potencia y sonoridad de las octavas en el registro grave, que contrastó con el delicado Piú lento, lleno de magia en su timbre y colorido, donde – una vez más – las resonancias postrománticas se vislumbraban. No obstante, el momento más esperado fue la Marcha Fúnebre, considerada por muchos estudiosos el núcleo de la obra (recordemos que fue completada dos años antes que el resto de la sonata). Y llegó ese momento en el que, al igual que en el Doppio movimiento, Volodos supo dosificar la intensidad dinámica y emocional con su habitual capacidad para dilatar el tiempo; pero no el tempo musical, sino el imaginario, el personal, el que no marca las horas en un mecanismo de cuarzo. El tiempo eterno que se detiene cuando uno está inmerso en una realidad paralela –la música – y no sabe qué, dónde ni cuándo ocurre. La lectura sorprendió a muchos que acostumbran a ver en el texto un manual de instrucciones. Sin embargo, la música en general, y la interpretación en particular, va mucho más allá de un canon: requiere conocimiento, estudio de las convenciones retóricas de la época y una perspectiva para separarse del academicismo que tanto gusta estandarizar interpretaciones. El propio Volodos, en una entrevista con Gonzalo Lahoz, resaltó que “el intérprete que afirma que es fiel al texto del compositor es, en realidad, fiel a las tradiciones y gustos de su tiempo (…). La obra musical no vive en un espacio cerrado y hermético; evoluciona constantemente, transformándose también su esencia musical”. En este punto es necesario recordar a muchos defensores del dogma que la tarea del intérprete es la de actualizar y recrear (volver a crear) la materia musical. Igual que no hay dos traducciones de La Ilíada idénticas, no puede haber dos lecturas de Chopin iguales.
«En este punto es necesario recordar a muchos defensores del dogma que la tarea del intérprete es la de actualizar y recrear (volver a crear) la materia musical. Igual que no hay dos traducciones de La Ilíada idénticas, no puede haber dos lecturas de Chopin iguales».
La intensidad de la Marcha fue creciendo hasta la plenitud, donde los graves, de nuevo, fueron protagonistas, evocando esta vez las campanas fúnebres; el lamento y un contrastado y doloroso timbre en su parte central dejó al público sin aliento. Tomó decisiones arriesgadas, pero que funcionaron y contribuyeron eficazmente a dotar de mayor unidad orgánica a la continuidad de la obra. Concluyó el Presto, tenebroso, con un trazado inverosímil de los unísonos de ambas manos. Se intuía medio pedal de resonancia en todo el movimiento, que contribuía a moldear el susurro de esa atmósfera expresionista, no restando un ápice de nitidez al pasaje; y que, sin embargo y sorprendentemente, molestó a algunos de la galería. Aquí radica la grandeza de Chopin, visionario de lenguajes vanguardistas que serían muy posteriores. Un perpetuum mobile cuyo lenguaje críptico, cromático y quasi atonal fue recibido por Robert Schumann como “una esfinge con una sonrisa burlona”. Fue un acierto el cierre del Presto con el énfasis sobre las tres notas que están presentes en el Doppio movimiento (Re bemol, Si bemol, Do, Re Bemol, Si bemol), y que a nadie le pasó desapercibido. Esta inspirada decisión dotó de excepcional unidad a la sonata, cerrando de manera circular una dramática narrativa.
El público, entregado y entusiasmado, ovacionó a Volodos, que salió en reiteradas ocasiones a saludar y que, generoso, regaló tres propinas muy identitarias de su trayectoria: Preludio op. 40 nº3, de Anatoly Liádov; las célebres Variaciones sobre Carmen de Bizet, de Horowitz-Volodos (una propina muy esperada); y el último número de Música Callada de Federico Mompou, una joya que grabó en 2012 y que se publicó en mayo de 2013 con el título Volodos Plays Mompou (otra vez Sony Classical). No es casual que este final silencioso, esta “soledad sonora” que define el pianista, invitara al cierre de un concierto memorable. El contraste entre la pirotecnia de las Variaciones de Carmen, el estado espiritual elevado de Mompou, y los trazos postrománticos de soledad de Liádov, constituyeron una perfecta triangulación de verdades opuestas para cerrar una noche que nadie podrá olvidar.






